LA
INVESTIGACIÓN DE PROCESOS ECOLÓGICOS Y EL MANEJO
INTEGRADO DE CUENCAS HIDROGRÁFICAS: UN ANÁLISIS
DEL PROBLEMA DE ESCALA
José
Manuel Maass
INTRODUCCIÓN
El
desarrollo económico y social depende, en gran medida,
de sistemas productivos basados en la apropiación de los
recursos y servicios que ofrecen los sistemas naturales. Uno de
los objetivos centrales en el manejo integrado de cuencas hidrográficas
es lograr esquemas de desarrollo basados en sistemas productivos
económica, social y ecológicamente sustentables.
La sustentabilidad ecológica de los sistemas productivos
debe medirse utilizando criterios y referencias ecológicas
(Maass 1999). El entendimiento de los procesos que estructuran
y controlan la dinámica ecológica de los ecosistemas
es crucial para definir estos criterios y referencias de sustentabilidad
ecológica. Un aspecto generalmente ignorado que caracteriza
a los procesos ecológicos es su naturaleza jerárquica.
Ignorar dicho carácter de los ecosistemas, trae consigo
serios problemas de manejo, limitando la sustentabilidad de los
mismos. En este capítulo se discute la naturaleza jerárquica
de los procesos que operan en los ecosistemas, así como
las herramientas conceptuales y metodológicas para abordar
los aspectos de escala en los esquemas de manejo integrado de
cuencas hidrográficas.
LA
NATURALEZA JERÁRQUICA DE LOS PROCESOS ECOLÓGICOS
Un
ecosistema es un conjunto de componentes bióticos y abióticos
que interactúan utilizando y transformando la materia y
la energía disponible en el ambiente (Maass y Martínez
Yrízar, 1990). Los procesos que operan en los ecosistemas
se dan de manera simultánea y anidada a diferentes escalas
espaciales y temporales (ver figura 1). En un extremo tenemos
procesos bioquímicos como la fotosíntesis o la respiración
celular que operan a escalas de unas cuantas micras y toman segundos
en ocurrir. En el otro extremo tenemos procesos geológicos
como la formación de montañas y la deriva continental,
que ocurren a escalas regionales y globales y operan en períodos
de cientos de miles y millones de años. En medio tenemos
procesos fisiológicos como la abscisión foliar o
la digestión, que ocurren a una escala de cm2 y en períodos
de horas, y procesos ecológicos como la dispersión
de semillas o el reciclaje de nutrientes, que operan a escalas
espaciales de hectáreas y km2 y que toman días o
años en ocurrir.
FIGURA
1. NATURALEZA JERÁRQUICA DE LOS PROCESOS QUE SE DAN EN
EL ECOSISTEMA

Fuente:
modificado de Osmond et al. 1980.
Muchos
de estos procesos están directa o indirectamente relacionados
entre sí, operan de manera simultánea y de forma
anidada (O’Neill et al. 1986). Por ejemplo, todos los años
los árboles de los bosques tropicales secos tiran sus hojas
durante la época de sequía como un mecanismo para
evitar la pérdida de agua por transpiración. La
falta de humedad en el ambiente durante la sequía inhibe
los procesos de descomposición microbiana, dando como resultado
la acumulación de hojarasca sobre la superficie del suelo.
Es común encontrar picos de acumulación de mantillo
hacia finales de la época de sequía. Una vez ocurridas
las primeras lluvias de la temporada húmeda, el proceso
de descomposición se reestablece y los niveles de mantillo
en el suelo disminuyen progresivamente hasta comienzos de la siguiente
época de secas, cuando se reinicia el proceso de caída
de hojarasca. Este ciclo de aumento y disminución de mantillo
en el suelo ocurre anualmente. Sin embargo, no todos los años
llueve lo mismo, por lo que los niveles máximos y mínimos
de mantillo en el suelo varían año con año
(figura 2). Las variaciones en el clima obedecen a fenómenos
a escalas espaciales y temporales mucho mayores. Una secuencia
de varios años secos seguidos de varios años húmedos
generarán una dinámica en el mantillo en la que
año con año el mantillo promedio en el suelo irá
disminuyendo hasta un punto mínimo en la década,
después del cual los niveles se irán recuperando
paulatinamente. En este ejemplo claramente se observa un proceso
que opera anualmente, anidado en otro que opera a escala de décadas.
FIGURA
2. OSCILACIÓN ANUAL EN EL CONTENIDO DE MANTILLO EN UN ECOSISTEMA
Los procesos ecológicos pueden estar anidados a más
de dos escalas. Por ejemplo, unos instantes de luz solar penetrando
el dosel de la vegetación puede estimular el proceso de
fotosíntesis a nivel de unas cuantas células del
tejido foliar de una planta del bosque. Este proceso fotosintético
se repite en múltiples ocasiones a todo lo largo y ancho
del dosel de un bosque, durante las horas del día en que
el sol irradia al ecosistema. De manera cíclica la fotosíntesis
ocurre principalmente durante el día y cesa durante a noche.
Sin embargo estos ciclos no son constantes día con día
ya que el número de horas que el sol irradia al día
cambia con las estaciones del año, disminuyendo durante
el invierno y aumentando durante el verano. Este efecto estacional
en la irradiación solar y por tanto en el proceso fotosintético
se acentúa conforme se aumenta en la latitud. La energía
solar disponible para el proceso fotosintético es mayor
y más constante a nivel del ecuador que en los polos. También
hay que tomar en cuenta que las nubes disminuyen la cantidad de
radiación solar que llega hasta la superficie terrestre,
afectando con ello el proceso de fotosíntesis. Variaciones
climáticas que operan a escalas temporales de décadas
y a escalas espaciales continentales tales como el fenómeno
de El Niño pueden aumentar o disminuir la nubosidad promedio
en grandes extensiones de terreno, por ello, la cantidad de radiación
solar que llega al ecosistema no es constante año con año.
Como se puede apreciar, el proceso de fotosíntesis opera
a múltiples escalas espaciales y temporales, y lo hace
de manera anidada y jerárquica. Esto es, los procesos de
menor escala operan embebidos y, en mayor o menor grado, controlados
por los procesos que operan a mayor escala. Un análisis
similar se puede hacer con otros procesos ecológicos, tales
como la erosión de los suelos, la humedad atmosférica,
las tasas de descomposición de la hojarasca y la dinámica
poblacional de bacterias, por sólo mencionar algunos ejemplos.
Más aún, todos estos procesos no sólo están
relacionados entre sí, sino además controlan y son
controlados por una intrincada red de relaciones funcionales,
que también opera de forma anidada y jerárquica
a diferentes escalas espaciales y temporales.
LA INVESTIGACIÓN ECOLÓGICA SOBRE EL EFECTO DE ESCALAS
No
obstante este carácter jerárquico de los procesos
funcionales del ecosistema, su estudio rara vez se da de forma
integrada. El fuerte sesgo disciplinario de la investigación
científica ha fomentado que los procesos ecológicos
se estudien de manera separada y a escalas espaciales y temporales
muy acotadas. De acuerdo con Tilman (1989), el 80 % de los estudios
ecológicos reportados en las principales revistas científicas
del área están basados en información obtenida
en períodos menores a 3 años. Así mismo,
más del 75 % de los estudios reportados sólo consideran
1 ó 2 especies. No es de extrañarse entonces que
nuestro entendimiento de la dinámica funcional de los ecosistemas
es aún muy limitado, particularmente en lo concerniente
a los efectos de escala. Por ejemplo, poco se sabe sobre el impacto
que tiene una perturbación humana sobre el ecosistema,
cuando ésta se da a diferentes escalas espaciales y temporales.
No es lo mismo tumbar un solo árbol que talar 100 hectáreas
de bosque. Tampoco tienen el mismo efecto quemar una parcela agrícola
un par de años, que hacerlo año con año durante
3 décadas.
Los pocos estudios de procesos ecológicos realizados a
diferentes escalas muestra la importancia de analizar este efecto
de escala. Un ejemplo muy interesante lo constituye el trabajo
de Wilcox y colaboradores (2003) en el que analizan, a largo plazo
y en múltiples escalas espaciales la interacción
entre la escorrentía, la erosión y la vegetación
en un ecosistema semiárido de piñón-junípero
en Nuevo México. En particular evaluaron tres supuestos
muy comunes en estudios sobre erosión de suelo:
1) los datos de precipitación agregada pueden utilizarse
para predecir escorrentía total en ambientes semiáridos;
2) la erosión y la escorrentía son independientes
de la escala espacial y
3) los incrementos de escorrentía y erosión relacionados
con el disturbio se mantienen constantes con el tiempo.
Para
ello, durante 8 años midieron la escorrentía superficial,
así como la erosión generada por ésta en
unidades experimentales de diferentes tamaños: micrositios
(1 x 1 m2); micrositios alargados (1 x 8 m2); parcelas (3 x 10
m2) y laderas (30 x 100 m2). El estudio les permitió concluir
que el volumen de precipitación por sí solo, sin
importar cómo se agrega temporalmente, es un estimador
pobre de escorrentía en paisajes semiáridos en los
que los escurrimientos superficiales por limitaciones en la infiltración
son los mecanismos dominantes de la generación de escorrentía.
Así mismo, observaron que la escorrentía (por unidad
de área) y la erosión decrecen en forma dramática
y no lineal conforme aumentó la escala de análisis.
Al parecer, la perturbación modifica el efecto de escala
sobre la erosión y la escorrentía, tanto directamente
como por vía de la modificación de la vegetación.
Finalmente demostraron que existe un umbral con respecto a los
gradientes de pendiente, debajo del cual la erosión y la
escorrentía regresarán eventualmente a los niveles
predisturbio, y arriba del cual la erosión y la escorrentía
se mantendrán a niveles acelerados.
IMPLICACIONES
EN EL MANEJO DEL FENÓMENO DE ESCALA
El
estudio de Wilcox et al. (2003), claramente muestra la importancia
que tiene entender el factor de escala a la hora de diseñar
e implementar estrategias de manejo de ecosistemas, tanto naturales
como transformados. En este caso el factor de escala analizado,
en el contexto de un manejo, es de apenas una década y
con variaciones espaciales entre m2 y hectáreas. Sin embargo,
el factor de escala también se presenta a escalas muy superiores,
como es el caso del manejo de cuencas hidrográficas, que
frecuentemente se da a escalas de cientos o miles de Km2.
Como plantean Hatton et al. (2002), el tiempo que tarda un ecosistema
en responder a los programas de manejo varía dependiendo
de la escala en la que se da este manejo. Así por ejemplo,
ante el impacto de la deforestación el régimen hidrológico
de una cuenca puede observarse en unos cuantos años si
se trata de una cuenca local (unas cuantas hectáreas).
Sin embargo, tratándose de una cuenca regional (de cientos
de miles de km2), los efectos de la deforestación pueden
tomar cientos de años en manifestarse (figura 3).
El problema de salinización de áreas de cultivos
en la parte baja de grandes cuencas hidrográficas en Australia,
es un ejemplo muy interesante sobre respuestas, a gran escala,
de los procesos de transformación del ecosistema. El problema
de salinidad se manifestó cientos de años después
de que comenzó el proceso de deforestación (Stirzaker,
2002). Para comprender la relación entre los problemas
de salinidad en los suelos y los procesos de deforestación
es necesario entender el balance hídrico de esta enorme
cuenca hidrográfica. Silberstein et al. (2002) hacen una
comparación del balance hídrico entre cuencas cubiertas
con bosque de eucaliptos nativos y aquéllas en las que
el bosque ha sido talado y remplazado por praderas para la cría
de ovejas. En el caso de la cuenca con bosque de eucaliptos, calculan
que de los 800 mm de lluvia que se incorporan anualmente, entre
700 y 800 mm salen de la cuenca en forma de agua evapotranspirada.
FIGURA
3.
RETRASO EN LA RESPUESTA DEL ECOSISTEMA AL MANEJO DEPENDIENDO DE
LA ESCALA DE ANÁLISIS
Fuente:
modificado de Hatton et al. 2002.
Esto
es, prácticamente toda el agua que entra al ecosistema
es utilizada por la vegetación y regresada a la atmósfera
en forma de vapor. La poca agua que escapa al sistema radicular
del bosque (menos de 100 mm) escurre a la parta baja de la cuenca.
Cuando el ecosistema boscoso es transformado en praderas el balance
hídrico cambia radicalmente, pues la capacidad que tienen
los pastos de utilizar el agua que llega al suelo es menor que
la de los árboles, por lo que de los 800 mm que entran
por lluvia, las pérdidas por evapotranspiración
se reducen a valores entre 500 y 650 mm. Esto es, con el proceso
de transformación del ecosistema, los flujos de escorrentía
hacia la parte baja de la cuenca se triplican (de 50 a 150 mm).
La pendiente promedio en la parte baja de las cuencas es muy pequeña,
por lo que el agua tarda mucho tiempo en drenar hacia afuera.
Bajo esas condiciones, el aumento en los flujos de escorrentía
genera un levantamiento de los mantos freáticos hasta niveles
muy cercanos a la superficie del suelo. Al subir el nivel del
agua, ésta disuelve sales acumuladas en los horizontes
profundos y las acarrea hasta la superficie. El agua superficial
se evapora y las sales se depositan sobre la superficie del suelo,
que en casos extremos dan la apariencia de un pasaje nevado.
Una solución aparentemente obvia al problema de salinización
de las tierras de cultivo, sería revertir la causa del
mismo. Sin embargo, reforestar la parte alta de las cuencas puede
no ser necesariamente la solución, inclusive puede llegar
a ser contraproducente. Dada la escala regional a la que opera
el proceso, el problema de salinidad se fue generando muy lentamente.
Revertir dicho proceso mediante la reforestación tardará,
igualmente, muchas décadas. En cambio, a una escala local,
la reforestación tendrá efectos a corto plazo (de
unos cuantos años).
Conforme
los árboles crecen, las tasas de evapotranspiración
irán aumentando y, por tanto, el agua que llega hasta los
ríos irá disminuyendo. Una disminución en
la entrada de agua fresca en los ríos trae como consecuencia
una disminución en su efecto de dilución, por lo
que los ríos terminan aumentando su concentración
de salinidad. Esto es, por resolver un problema generado por procesos
que operan a escala regional (i.e. la salinización de los
terrenos de cultivo), se exacerbará un problema generado
por procesos que operan a escala local (i.e. salinización
de los ríos y cuerpos de agua). Aquí claramente
tenemos procesos a diferentes escalas, jerárquicos y anidados
que de no entenderse y tomarse en cuenta, nos pueden llevar a
soluciones que distan mucho de ser sustentables. Stirzaker et
al. (2002) ven en la agroforestería como una posible solución
al problema de salinización del paisaje australiano y analizan,
con gran detalle, las causas, consecuencias y posibles soluciones
de este fenómeno.
EL
MANEJO DE ECOSISTEMAS COMO RESPUESTA METODOLÓGICA AL PROBLEMA
DE ESCALA
En
general, los problemas ambientales no están aislados. Otros
fenómenos ecológicos, que también operan
a diferentes escalas espaciales y temporales, generan situaciones
igualmente preocupantes a la salinización en los terrenos
de cultivo. Tal es el caso del cambio climático, la invasión
de especies exóticas, la modificación del albedo
regional, la pérdida de biodiversidad, etc. Todos estos
problemas están, directa o indirectamente, relacionados
entre sí, y si además a esto le agregamos los factores
involucrados de corte social y económico, el problema ambiental
se torna sumamente complejo. Ante la búsqueda de soluciones
a estos grandes problemas ambientales, la pregunta que surge es:
cómo se puede lidiar con tal complejidad sin caer, por
un lado, en las propuesta simplistas condenadas al fracaso ante
la imposibilidad de considerar tantos factores involucrados, o
por el otro lado, al inmovilismo consecuencia del miedo a tomar
decisiones ante la abrumadora incertidumbre que genera tal complejidad.
Ciertamente el predicamento es inquietante, y la solución
incluye la búsqueda de nuevos paradigmas en muchas de las
actividades que forman parte del quehacer humano, incluyendo aspectos
tan importantes como la manera en que generamos conocimiento y
la forma como nos apropiamos de los recursos y servicios que nos
ofrece la naturaleza. En los últimos años, nuevos
elementos conceptuales se han ido integrando para la conformación
de lo que ahora se conoce como “manejo de ecosistemas”
y que constituye un nuevo paradigma con respecto a la forma que
ordenamos, usamos, conservamos o restauramos a la naturaleza.
Entre los elementos conceptuales se destacan: el enfoque ecosistémico
(e.g. Golley 1993), la resiliencia (e.g. Holling 1973), el manejo
adaptativo (e.g. Holling 1978), la acción participativa
(e.g. Kothari et al. 2000), las cuencas hidrográficas como
unidades de manejo (e.g. Pringle 2001) y los servicios ambientales
(e.g. Daily 1997).
Christensen et al. (1996) definieron el manejo de ecosistemas
como “el manejo guiado por metas explícitas, ejecutado
mediante políticas, protocolos y prácticas específicas,
y adaptable mediante un monitoreo e investigación científica
basada en nuestro mejor entendimiento de las interacciones y procesos
ecológicos necesarios para mantener la composición,
estructura y funcionamiento del ecosistema”.
FIGURA
4. PASOS A SEGUIR EN EL MANEJO DE ECOSISTEMAS

Fuente:
traducido de Stanford y Pool 1996.
Stanford
y Pool (1996) en una versión gráfica del concepto
de manejo de ecosistemas (figura 4), proponen que el programa
de manejo comienza con una evaluación y síntesis
del conocimiento de base sobre los procesos que estructuran y
mantienen funcionando al ecosistema. Esta evaluación no
se restringe a los estudios de corte científico, sino que
también incorpora el conocimiento tradicional que los pobladores
tienen sobre el mismo. Esta primera fase permite definir el ecosistema;
se identifican claramente qué procesos ecológicos
y qué componentes del ecosistema son los más relevantes
en el control y/o mantenimiento de la integridad estructural y
funcional del mismo y, por tanto, deben ser incorporados al esquema
de manejo. Asimismo, permite establecer las escalas espaciales
y temporales en las que se dan estos procesos funcionales. El
manejo de ecosistemas puede tener varios propósitos: la
conservación, la apropiación de los recursos naturales,
el mantenimiento de servicios ecosistémicos, la restauración,
etc. Así, es preciso identificar claramente el objetivo
de manejo. Para ello, es de suma importancia incorporar a los
diferentes sectores sociales en el proceso de identificación
de objetivos. No sólo aquellos que participen directamente
en el programa de manejo, sino también aquellos que tienen
ingerencia o que se ven afectados indirectamente por el proceso.
La definición de objetivos permite desarrollar una estrategia
de manejo para alcanzarlos. En un inicio, los objetivos son muy
generales, ambiciosos y hasta excluyentes (e.g. se persigue explotar
un recurso sin alterar la estructura del sistema). Es por ello
que el manejo requiere un proceso de iteración en el que,
tanto objetivos como estrategias, se afinan hasta lograr un esquema
factible y consensuado entre los diferentes sectores sociales
involucrados. Los pasos anteriores, determinarán la facilidad
con la que se implemente el programa de manejo de ecosistemas.
Sin embargo, aún cuando éste se ponga en marcha
el proceso no terminará allí. El impacto del programa
de manejo en el corto, mediano y largo plazos debe ser continuamente
evaluado, a fin de corregir cualquier desviación generada,
ya sea por una mala implementación o por la aparición
de efectos no previstos. Es por ello que se entra en una etapa
de investigación y monitoreo que retroalimenta el proceso
en su fase inicial. Este mecanismo de adaptar el esquema de manejo
a las nuevas condiciones, se conoce como «manejo adaptativo»
(Holling 1973, 1978; Walters 1986).
Existen dos etapas en el modelo de manejo de ecosistemas, que
nos permite abordar el problema de escala aquí discutido.
Un primer tiempo, es durante la etapa de definición del
ecosistema de estudio, durante el cual se identifica la escala
espacial y temporal idónea para abordar un programa de
manejo. Considerar las escalas inmediatamente por encima y por
debajo de la escala a la que se pretende llevar a cabo el manejo,
ayudará a identificar estos efectos inesperados. Así
por ejemplo, si nos interesa diseñar un programa de manejo
de una parcela agrícola de unas cuantas hectáreas
por los próximos 10 años, será necesario
incluir en nuestro análisis aquellos procesos que operan
a escalas de km2 y de 50 a 100 años (e.g. la dinámica
hidrológica de la micro cuenca que surte de agua al predio;
las variaciones climáticas de la últimas décadas;
etc.). Un segundo tiempo, es durante la etapa de monitoreo, pues
al evaluar el impacto que tiene la implementación de un
esquema de manejo en la estructura y funcionamiento del ecosistema,
nos permite detectar estos efectos inesperados que frecuentemente
surgen al no considerar todos procesos relevantes. Esto es, ante
la incertidumbre que genera tal complejidad de procesos ecológicos
operando de manera simultánea y anidada a diferentes escalas
espaciales y temporales en el ecosistema, un monitoreo continuo
de la respuesta del ecosistema al manejo permitirá ir sintonizando
el esquema de manejo.
CONCLUSIONES
Los
procesos ecológicos operan de manera simultánea
y anidada a diferentes escalas espaciales y temporales. El no
reconocer este carácter jerárquico de los procesos
ecológicos trae como consecuencias limitaciones en el entendimiento
del funcionamiento de los ecosistemas, así como problemas
a la hora de implementar esquemas de manejo integrado de cuencas
hidrográficas. Tradicionalmente los estudios ecológicos
se realizan a escalas espaciales y temporales muy pequeñas
(en unos cuantos m2 y durante 2 o 3 años), mientras que
el manejo de cuencas hidrográficas generalmente opera a
escalas mucho mayores (por décadas y cientos de km2). No
siempre es fácil extrapolar a gran escala datos obtenidos
a pequeña escala. Es por ello importante realizar investigación
ecológica a largo plazo y a gran escala. Existen experiencias
exitosas a ese respecto, al igual que iniciativas nacionales e
internacionales que estimulan este tipo de investigación
ecológica. El protocolo de manejo de ecosistemas, el cual
incluye un análisis de la escala óptima de abordaje
al problema, así como un monitoreo constante del impacto
del manejo en el ecosistema, está aportando herramientas
conceptuales y metodológicas para abordar la complejidad
que genera este carácter jerárquicos de lo procesos
que operan en la naturaleza.
AGRADECIMIENTOS
Se
agradecen los comentarios al manuscrito por parte de Helena Cotler
y de Martha Torres Torija, así como el apoyo técnico
de Raúl Ahedo, Heberto Ferreira y Salvador Araiza en la
preparación de este manuscrito. Esta es una contribución
del Grupo “Cuencas” del Centro de Investigación
en Ecosistemas de la UNAM, el cual ha recibido apoyo financiero
por parte de la Dirección General de Asuntos del Personal
Académico (DGAPA, UNAM) y del Consejo Nacional de Ciencia
y Tecnología (CONACYT).
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