La
Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio
Climático
Edmundo
de Alba*
ANTECEDENTES
A
MEDIADOS DE LA DÉCADA de los ochenta, la Organización
Meteorológica Mundial y el Programa de Naciones Unidas
para el Medio Ambiente empezaron a reunir inquietante información
científica sobre la creciente acumulación de gases
termoactivos en la atmósfera terrestre, cuestión
que movilizó a la opinión pública mundial
e indujo a ambos organismos a formar un grupo internacional sobre
cambio climático, el Panel Intergubernamental sobre el
Cambio Climático (PICC).
Este
grupo internacional, formado por destacados científicos
especialistas en la materia provenientes de diversos países
del mundo, presentó su primer informe en 1990 (ver el capítulo
El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático,
de M. Ávalos, en esta sección), en él hizo
evidente un incremento acelerado de la concentración atmosférica
global de gases de efecto invernadero (principalmente bióxido
de carbono [CO2], metano [CH4] y óxido nitroso [N2O]) desde
la época de la revolución industrial: se pasó
de una concentración de 280 a 356 partes por millón
por volumen (ppmv) en el caso del CO2, de 0.7 a 1.7 ppmv para
el CH4, y de 275 a 310 partes por mil millones por volumen para
el N2O.
El PICC, en su reporte, separó la evidencia dura de aquella
que hace una década presentaba incertidumbre, al señalar
que:
-
Existe firme evidencia de que ha existido en el último
par de siglos una creciente concentración de gases
termoactivos en la atmósfera planetaria.
-
Es factible que dicha acumulación se deba a actividades
antropogénicas, especialmente las vinculadas con el
uso de combustibles fósiles.
-
Para estabilizar las concentraciones atmosféricas de
CO2, sus emisiones tendrían que reducirse entre 60
y 80%.
-
Se apreció en esa época, que era posible y probable
que dicha acumulación acarrease un incremento en la
temperatura media global de 0.3°C por década.
-
Otra consecuencia probable es que en este nuevo siglo el nivel
medio del mar se podría incrementar seis centímetros
por década, tanto por efecto de expansión térmica,
cuanto por el posible deshielo de polos y glaciares.
-
De presentarse dicho cambio, los efectos sobre la actividad
humana y los ecosistemas, aunque aún no totalmente
definidos, probablemente serían diferentes de una región
a otra.
-
El problema sólo se podrá enfrentar exitosamente
con la cooperación internacional.
NEGOCIACIÓN
INICIAL
Ante
los anuncios del PICC, la opinión mundial, la prensa y
los gobiernos decidieron tomar cartas en el asunto e impulsar
la negociación de una Convención internacional,
bajo la égida de las Naciones Unidas, para lograr acuerdos
en relación con el problema.
Los resultados del primer reporte del PICC fueron sujetos de gran
controversia internacional, en donde notables grupos, tanto de
científicos como de gobiernos y de industrias vinculadas
con la energía, presentaban argumentos en favor y en contra.
Es de resaltarse la decidida participación de la entonces
Comunidad Europea en la gestación del proceso de negociación
de la Convención. En dicho grupo, los países nórdicos
y Francia tuvieron un papel protagónico al llevarse el
asunto a la Asamblea General de las Naciones Unidas.
A fines de 1990 se acordó iniciar los trabajos de negociación
para generar los consensos necesarios para la elaboración
de una Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el
Cambio Climático. Se debe recordar que en los mismos días
en los que se inició la organización de las negociaciones
internacionales, cerca de la ciudad de Washington estaba en su
apogeo la denominada “Guerra del Golfo”, con la consiguiente
drástica elevación de los precios internacionales
de los hidrocarburos.
Se decidió nombrar como presidente de la reunión
al embajador Francés y dividir las negociaciones en dos
grupos: el que fijaría los mecanismos para la instrumentación
de la Convención, que resultó copresidido por la
representante canadiense y el embajador de Vanuatu, y el grupo
de compromisos, donde asumieron la presidencia el embajador de
Japón y el representante mexicano, el autor de este capítulo.
Dadas las incertidumbres asociadas al fenómeno, y particularmente
a sus implicaciones económicas y ambientales, la negociación
fue guiada por los principios de “precaución”
y de “responsabilidad común pero diferenciada”
en búsqueda de la equidad en la participación internacional.
EL
PROCESO DE NEGOCIACIÓN
Desde
el principio de las negociaciones se diferenciaron las posiciones
de los diversos grupos de países. Se apreció una
división de opiniones tanto al interior del grupo de los
países desarrollados, como en el de los países en
desarrollo. Notable también fue que en el curso de la negociación
se produjo la disolución de la entonces Unión Soviética,
quedando los países ex socialistas en un heterogéneo
grupo que se denominó “países con economías
en transición”, obviamente haciéndose referencia
al retorno de dichas naciones hacia regímenes esencialmente
de libre mercado.
La posición europea favorecía el cumplimiento colectivo
entre sus miembros, lo que introdujo un elemento de flexibilidad
de orden regional en los compromisos posteriormente asumidos por
dichos países. Debe resaltarse que la Comunidad Europea
estaba dando pasos acelerados hacia su transformación monetaria
y social con vistas a la Unión, por lo que por primera
vez, un representante del Secretariado de la Comunidad asumió
la responsabilidad de ser el portavoz y negociador del conjunto
del grupo europeo. Es de notarse que el interés de este
grupo de países por la Convención tenía también
un amplio sabor de búsqueda del encarecimiento de los precios
internacionales de los hidrocarburos (establecer un “carbon
tax”) para acelerar la diversificación energética,
la disminución de la participación de hidrocarburos
y carbón en los balances energéticos nacionales
y fortalecer la seguridad energética de sus integrantes.
Por otro lado, Estados Unidos, acompañado principalmente
por países como Canadá y Australia, si bien participaban
en el objetivo común de abatir las emisiones de gases termoactivos
en sus economías, insistían en la necesidad de que
los compromisos pudieran llevarse a cabo mediante actividades
cuyo costo económico y social fuese el mínimo posible,
favoreciendo de hecho mecanismos bajo la hipótesis de medidas
“sin arrepentimiento” (“no regrets” en
inglés). Es claro que los mayores emisores mundiales de
gases de efecto invernadero eran y siguen siendo con mucho los
Estados Unidos (ver el capítulo Los principales países
emisores, emisiones históricas, de J. L. Arvizu, en la
sección I).
La comunidad científica mundial, entre ella la estadounidense,
se encontraba dividida en relación con la importancia,
certidumbre y consecuencias del fenómeno; así como
los mejores medios para prevenirlo o controlarlo. Fue ello lo
que condujo a un énfasis en las cuestiones relacionadas
con la certidumbre (interrogantes que de alguna manera persisten
hasta ahora) y en la necesidad de una mucho mayor investigación
y observación del fenómeno del cambio climático.
Asimismo, los intereses de los grupos industriales norteamericanos
del carbón y de los hidrocarburos se hicieron sentir desde
el inicio de las negociaciones.
Los países en desarrollo, por su parte, fueron encabezados
en las negociaciones por los grandes emisores: China, India y
Brasil, quienes vieron en la Convención una amenaza a sus
programas nacionales de desarrollo económico. En el caso
de China, por la alta participación del carbón mineral
en su balance energético, mientras que Brasil veía
como una amenaza la incorporación de la protección
e incremento de los sumideros de gases de efecto invernadero en
los bosques, en relación con sus decisiones soberanas sobre
el uso de la gran floresta de la Amazonia.
En virtud del bajo nivel per cápita de las emisiones chinas
e hindúes, se acuñó una frase: “Si
todo ser humano se comportara como un chino o un hindú,
no existiría el problema de cambio climático”.
Dicha frase se asocia al principio de que todo ser humano tiene
igual derecho al bien común (la atmósfera terrestre)
y establecieron como prioridad suprema el desarrollo socioeconómico
de sus comunidades.
Las emisiones de los países desarrollados fueron consideradas
como una deuda histórica, no sólo las actuales,
por lo que la frase más utilizada durante la negociación
fue que “los países en desarrollo no son los culpables,
sino las víctimas del intenso uso de la atmósfera
común por parte de los países desarrollados”,
cuestión que planteo la necesidad de un apoyo especial
de estos últimos a los países en desarrollo. Sólo
mediante ese apoyo se aseguraría la participación
de los en desarrollo, sin costo para sus economías y con
la condición de que esos apoyos se realizaran con recursos
nuevos y adicionales. Europa promovió la creación
del Fondo Ambiental Global (GEF) con objeto de promover la participación
de los países en desarrollo en la solución de los
problemas ambientales globales, entre ellos el de cambio climático.
Se configuró un nuevo grupo de pequeños países
isleños en desarrollo (AOSIS, por sus siglas en inglés)
cuya aparición fue una novedad en el sistema de negociación
de las Naciones Unidas. Este nuevo grupo defendía la necesidad
de acciones inmediatas para enfrentar el problema y de eventuales
reparaciones económicas a sus países, en virtud
de la amenaza que el cambio climático representa para sus
débiles economías y territorios. Otro grupo con
destacada participación fue el de los miembros de la Organización
de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que calcularon
que la Convención podía abatir en seis millones
de barriles de petróleo diarios su total de exportaciones,
con las implicaciones económicas consecuentes.
El
grupo argumentaba equidad y su condición de países
en desarrollo; reclamaban medidas que los protegieran, no tanto
de los impactos causados por la variación climática,
como de los impactos económicos de las medidas que pudiesen
ser tomadas internacionalmente.
Para el inicio de la negociación, ya era claro que México
era de los países vulnerables ante el fenómeno,
por lo que siempre buscó apoyar la aprobación de
la Convención. De hecho, conocíamos que nuestras
emisiones se localizaban en el promedio mundial, lo que significa
que somos parte del problema mundial (ver el capítulo Los
gases de efecto invernadero y sus emisiones en México,
de L. G. Ruiz y X. Cruz, en la sección I).
Por otra parte, la posición mexicana estuvo permeada por
los dos nuevos acontecimientos de la época de la negociación
de la Convención en los años 1991 y 1992, pues por
una parte estábamos en plena negociación del Tratado
de Libre Comercio de Norteamérica, y por otra se gestionaba
nuestro ingreso en la Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económico (OCDE), cuestiones ambas que
se veían como un alejamiento de nuestro país del
tradicional grupo de los países en desarrollo (Grupo de
los 77). Sin embargo, como se manifestó en el curso de
la negociación, en nuestra condición de país
en desarrollo los compromisos a ser asumidos eran completamente
consistentes con nuestras políticas nacionales y nos permitían
hacer lo que de cualquier manera queríamos hacer con o
sin Convención; esto es, intensificar nuestras políticas
de ahorro y uso eficiente de la energía; promover la diversificación
energética y ampliar los programas de reforestación
y de disminución de la deforestación, así
como profundizar los estudios e investigaciones sobre el fenómeno
climático en nuestro país. La delegación
mexicana tuvo gran cuidado de que el país no fuese incorporado
a las obligaciones que estaban adquiriendo los países desarrollados
por su profunda consecuencia sobre nuestras oportunidades de desarrollo
(cuestión que actualmente se encuentra en revisión).
Fue particularmente notable la participación y acuerdo
sobre la posición mexicana que existía entre los
diversos interesados nacionales, la entonces SEDUE y la SRE como
cabezas de delegación, y la entusiasta participación
de los sectores energético y forestal, así como
las importantes contribuciones de los sectores privado y social.
Los países desarrollados fueron agrupados en el Anexo I
de la Convención, que incorpora a todos los miembros de
la OCDE y al nuevo grupo de países con economías
en transición (los ex socialistas), y asumieron la obligación
de disminuir sus crecientes emisiones de forma tal que para el
año 2000 sólo alcanzaran el nivel existente alrededor
de 1990, al tiempo que México quedó en el grupo
de países “no-Anexo”, que podía recibir
los recursos nuevos y adicionales que estaban siendo negociados
para promover su participación en la respuesta al problema.
Los proveedores de dichos recursos quedaron incluidos en el denominado
Anexo II de la Convención, que a la sazón eran todos
aquellos miembros de la OCDE, sin extenderse la obligación
a México y Corea del Sur, pues nos encontrábamos
en proceso de negociaciones para el ingreso a dicho club.
Las difíciles negociaciones, que implicaban enormes costos
económicos para países con obligaciones explícitas
y también, por los impactos provocados por el fenómeno,
para países con economías más débiles,
fueron guiadas fundamentalmente por la reciente y exitosa experiencia
de la firma del Protocolo de Montreal para la protección
de la capa superior de ozono de la atmósfera terrestre.
Esta estrategia implicó un énfasis en las acciones
individuales de cada uno de los países, a costa de una
aproximación cooperativa en donde colectivamente se hiciesen
esfuerzos para el abatimiento del pro- blema global, mediante
acciones con costos mínimos y beneficios máximos
sobre el clima mundial. Poco fue aceptado en términos que
no significasen acciones concretas de cada país.
México participó en los esfuerzos de algunos países,
especialmente los de Noruega (en busca de mayor equidad), para
experimentar esquemas cooperativos de mutuo beneficio para el
cumplimiento de las obligaciones, el abatimiento de sus costos
y el impulso al desarrollo de los países en desarrollo,
al incorporarse como elemento de flexibilidad el mecanismo de
instrumentación conjunta (joint implementation, en inglés).
En particular, el sector eléctrico mexicano tuvo una notable
participación durante la fase piloto de este mecanismo
con el proyecto ILUMEX (ver el capítulo ILUMEX: desarrollo
y lecciones del primer proyecto mayor de ahorro de energía
en México, de O. De Buen, en la sección IV) . Dicho
proyecto, sin embargo, fue objeto de una activa oposición
política en los grupos de negociación por parte
de aquellos países que no querían la incorporación
de medidas de cooperación, sino estrictamente las individuales
de cada país. Finalmente quedo como un mecanismo abierto
sólo a países del Anexo I.
Las organizaciones no gubernamentales mundiales y regionales hicieron
una intensa presencia y presión en favor de sus intereses
o ideologías; fue un grupo notablemente heterogéneo,
pues incorporaba organizaciones ecologistas, otras formadas por
grupos de interés industriales ligados al carbón
o al petróleo, organizaciones no gubernamentales auspiciadas
por gobiernos y agrupaciones con toda clase de ideologías,
generalmente opositoras a los combustibles fósiles. Si
bien su presencia influyó en parte para evitar las posiciones
radicales o inflexibles de algunos países, los resultados
de la negociación fueron, por supuesto una responsabilidad
de los representantes gubernamentales (ver el capítulo
El papel de las organizaciones de la sociedad civil ante el cambio
climático global, de M. Delgado, en la sección V).
Una influencia muy importante sobre la negociación y su
relativo éxito fue el clima que vivía el mundo de
cara a la preparación de la Conferencia de las Naciones
Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo (Cumbre de Río),
pues todos los gobiernos y sus comunidades estaban influidos por
un estado muy favorable a la protección ambiental, lo que
facilitaba el alcance de consensos en la negociación sobre
cambio climático. Paralelamente a la negociación
sobre este tema, se inició la negociación sobre
biodiversidad y, con menor suerte, sobre bosques y desertificación.
De hecho, durante la Cumbre de Río hubo dos productos que
representaban voluntades políticas colectivas, la Declaración
de Río y la Agenda XXI. Mientras que como productos jurídicamente
vinculantes se firmaron las convenciones sobre cambio climático
y sobre biodiversidad.
Paralelamente se establecieron mecanismos multilaterales y bilaterales
para apoyar a los países en desarrollo en sus acciones
en favor del clima mundial. Destacaron la creación del
Fondo Mundial Ambiental (GEF) con la participación del
Banco Mundial, el PNUD y el PNUMA, así como fondos especiales
establecidos por los países desarrollados para influir
bilateralmente en las acciones de países en desarrollo.
Fue objeto de gran controversia la forma de gobierno del Fondo
Mundial, llegándose incluso a elaborar una innovadora forma
mixta de gobierno entre lo que se acostumbraba en los mecanismos
financieros internacionales de Baton Rouge (un dólar, un
voto) con el de la generalidad de los órganos de las Naciones
Unidas (un país, un voto).
PRINCIPALES
CUESTIONES
Una
de las cuestiones que ocupó una importante parte del tiempo
disponible para la negociación fue el establecimiento de
los principios que guiarían las actividades durante la
Convención. Destacan, entre ellos, el de “responsabilidades
comunes pero diferenciadas”, reconociéndose el diferente
grado de responsabilidad que podría ser atribuido a los
países del concierto mundial. De acuerdo con este principio
se crearon las listas de países correspondientes al Anexo
I (países desarrollados y en transición) y al Anexo
II (países de la OCDE de la época), a quienes correspondió
el financiamiento del apoyo a países en desarrollo. Sin
embargo, no fue sino posteriormente que se establecieron diferencias
al interior del grupo de países del
Anexo I
Otro principio que causó gran controversia fue el relacionado
con la certidumbre del fenómeno, aceptándose finalmente
el principio de precaución que alienta la actividad colectiva
e individual en favor de las generaciones presentes y futuras,
a pesar de la falta de una certeza científica absoluta.
Considerable atención fue prestada al balance que para
una adecuada equidad tendría que haber entre la flexibilidad
y la obligatoriedad de los resultados. Los países en desarrollo
asumieron compromisos que están en concordancia con sus
requerimientos socioeconómicos y que tienen que ser financiados
por los mayores responsables. Mientras que los países desarrollados
adquirieron compromisos (generalmente no cumplidos hasta ahora)
respecto a la reducción de sus emisiones.
Si bien la mayoría de las emisiones mundiales de gases
de efecto invernadero están asociadas a los sectores energético
y forestal (ver los capítulos Los gases de efecto invernadero
y sus emisiones en México, de L. G. Ruiz y X.
Cruz, y Los principales países emisores, emisiones históricas,
de J. L. Arvizu, en la sección I), los compromisos sectoriales
fueron generalmente débiles y ambiguos.
LA
CONVENCIÓN
El
mayor éxito de la Convención fue sin duda la amplia
participación de los países miembros de las organizaciones
internacionales del sistema de Naciones Unidas, tanto aquellos
que podrían resultar perjudicados, como los que pudiesen
resultar beneficiados por los acuerdos alcanzados (a la fecha,
186 países son parte). El objetivo mismo de la Convención
de no interferencia con el clima mundial es un objetivo perdurable
y que tiene que ser alcanzado en algún plazo. Se establecieron
los criterios y mecanismos básicos para la instrumentación
de la Convención, incluidas la Conferencia de las Partes,
la Secretaría y los órganos técnicos principales.
Aunque sujeta a posteriores revisiones y algunos cambios menores,
han quedado firmes los países en los Anexos I y II, lo
que implica para los primeros la aceptación del compromiso
de disminuir emisiones (que en la Convención se estableció
equivalente a la reducción a los niveles de 1990 para el
año 2000), mientras que los países del Anexo II
han asumido compromisos de financiamiento hacia países
en desarrollo.
Todos los países adquirieron compromisos para hacer reportes
sobre la situación de emisiones y sumideros de carbono,
así como sobre las medidas que han tomado para evitar el
fenómeno del cambio. Los países en desarrollo mediante
apoyos externos, y los desarrollados, sujetos a un detallado proceso
de gestación y revisión de sus reportes.
Se establecieron asimismo compromisos para el intercambio de información
y para promover la investigación sobre el fenómeno.
Para diversos grupos de países, y también para algunas
organizaciones ambientalistas no gubernamentales, existen objetivos
adicionales a los establecidos por la Convención, pues
ven en ella una oportunidad para abatir el consumo de combustibles
fósiles, argumentando que es el único verdadero
mecanismo para el cumplimiento del objetivo de la misma, independientemente
de los costos económicos que ello pudiese implicar. Enfatizan,
además, que el cumplimiento de los compromisos asumidos
debe lograrse en el interior de cada país, a pesar de que
pudieran darse mejores condiciones económicas en acciones
internacionales de carácter cooperativo.
Por otro lado, diversos países del mundo consideran a la
Convención como una importante fuente adicional de recursos
para su desarrollo, que al mismo tiempo les permite mejorar su
grado tecnológico y fortalecer las actividades para preservación
e incremento de los recursos naturales que poseen.
La Convención alcanzó su acuerdo en el seno de las
Naciones Unidas y se firmó durante la “Cumbre de
Río” en junio de 1992. Si bien su objetivo es el
de estabilizar las concentraciones de gases termoactivos en la
atmósfera a un nivel que impida una interferencia humana
peligrosa en el sistema climático, fue reconocido que el
abatimiento de las emisiones de los países desarrollados
al nivel de 1990, es insuficiente para garantizar la estabilidad
climática. Fue diversa la aceptación de los resultados
en la Convención: para algunos era más que suficiente
y para otros carecía de verdaderos compromisos (le faltaron
dientes), mientras que otros lo consideraron el máximo
accesible en el momento, o un buen inicio.
Una buena parte de los países miembros (incluido México)
firmó la Convención durante la Cumbre de Río,
y el proceso de ratificación fue relativamente rápido.
Con posterioridad, y en virtud de la creciente evidencia sobre
la realidad y posibles consecuencias del cambio climático
a ser recopilada y presentada posteriormente en el Segundo Informe
de Evaluación del IPCC(1995) , en la primera Conferencia
de las Partes de la Convención (1994) se decidió
entrar en un nuevo proceso de negociación internacional
que fijase más claramente las obligaciones explícitas
y cuantificadas de los países del Anexo I para la reducción
de sus emisiones netas (Mandato de Berlín).
LA
POSICIÓN MEXICANA
Nuestro
país está siendo y será objeto de crecientes
presiones internacionales para aceptar compromisos voluntarios
de limitación de emisiones debido a sus crecientes emisiones
producto de su desarrollo. Como hemos dicho, los países
en desarrollo objeto de presiones somos principalmente México,
China, India y Brasil, en virtud de los niveles absolutos de nuestras
emisiones, así como de las tendencias históricas
de las mismas (ver el capítulo México y la participación
de países en desarrollo en el régimen climático,
de F. Tudela, en esta sección).
Ante esta situación, y tomando en consideración
las circunstancias nacionales, el autor de este capítulo
sugiere de que los objetivos mexicanos en las negociaciones deberían
ser:
- Favorecer los acuerdos relativos al cumplimiento de los objetivos
de la Convención, pues al ser vulnerables ante los
impactos del cambio climático, nos interesa particularmente
que este problema se afronte cuanto antes, incluyendo las
cuestiones de adaptación, prevención, suplementariedad,
integralidad y cumplimiento.
- Rechazar cualquier compromiso que ponga en riesgo el desarrollo
del país o que vaya contra el principio de las responsabilidades
comunes pero diferenciadas, pero asumiendo los compromisos
que le corresponden a México como un importante país
emisor de gases termoactivos y por nuestra alta vulnerabilidad.
Esta cuestión merece un detallado estudio estratégico,
con visión de largo plazo, sobre las posibilidades
y conveniencias de alternativas de una mayor y más
res- ponsable participación mexicana.
- Continuar y reforzar las políticas energéticas
y forestales nacionales que representan la mayor contribución
mexicana a la solución del problema global; posiblemente
el mayor efecto lo dará la continuidad y profundización
de las políticas de ahorro energético, diversificación
y gasificación actualmente en instrumentación;
ésta última ha sido nuestra mayor contribución
al control de las emisiones nacionales cuestión que
demanda una mayor visibilidad y reconocimiento internacional.
- Continuar y ampliar los estudios e investigaciones con los
que el País contribuye al entendimiento y al incremento
de la certidumbre asociada al fenómeno, a sus consecuencias
y a la pertinencia de las medidas adoptadas, así como
al diseño de medidas de mitigación, prevención
y adaptación en la región y en el País.
- Por último, promover que se den condiciones favorables,
con los mecanismos de la Convención, para contar con
apoyos adicionales para favorecer y apoyar, en alguna medida
complementaria, las políticas nacionales, tanto en
el área energética como en las de investigación
y de los recursos naturales.
Notas
*
Consultor Académico, UNAM.