REVISUALIZAR
LO RURAL DESDE UNA PERSPECTIVA MULTIDISCIPLINARIA
VÍCTOR
M. TOLEDO, PABLO ALARCÓN-CHÁIRES Y LOURDES BARÓN
Surgida
a contracorriente de la tendencia predominante en la ciencia
contemporánea, la cual promueve la especialización
excesiva y la parcelización del conocimiento, desde por
lo menos la mitad del siglo XX crece y se multiplica un nuevo
enfoque que busca la integración de las ciencias de la
naturaleza con las ciencias sociales y humanas. Esta «revolución
conceptual » como la ha denominado Naredo, está siendo
alimentada por una nueva visión geocéntrica y
por una nueva conciencia global e intenta superar «el ‘neo-oscurantismo’
sin precedentes al que conduce la especialización científica
en campos inconexos...» (1992: 139) Y es que como lo señaló
Lewis Mumford en su libro The Transformation of Man (1972):
«...hasta ahora hemos vivido esencialmente en mundos parciales...
Ni la vaga totalidad subjetiva adquirida por el hombre primitivo,
ni al otro extremo, la objetividad fragmentaria y precisa investigada
por la ciencia, pueden hacerle justicia a todas las dimensiones
de la experiencia humana.» Se trata entonces de reconocer el
surgimiento de un renovado aparato conceptual de la ciencia
que aparece como respuesta a los limitados análisis reduccionistas
del enfoque analítico-parcelario. Un enfoque que dentro
de las ciencias sociales ha privilegiado una tendencia a crear
abstracciones desespacializadas y desnaturalizadas y dentro
de las ciencias naturales ha dado lugar a tratamientos sectoriales
en total desconexión con los fenómenos sociales
y humanos.
La
necesidad de trascender esta «objetividad fragmentaria » a través
de una explicación multidimensional o integrativa, ha
motivado la aparición de nuevas propuestas epistemológicas
y metodológicas. Dos aportes notables son, sin duda,
el principio de complejidad de Edgar Morin (1984) y lo
que Rolando García (1994) ha denominado el estudio de
los sistemas complejos. «Con el principio de complejidad
se trata de superar el conocimiento en mundos separados propio
de la ‘ciencia clásica’, [donde] ...ni las ciencias del
hombre tienen conciencia del carácter físico y
biológico de los fenómenos humanos, ni las ciencias
de la naturaleza tienen conciencia de su inscripción
en una cultura, una sociedad, una historia, ni de los principios
ocultos que orientan sus elaboraciones » (Morin 1984: 43). De
esta forma, una «ciencia con conciencia», como le denomina Morin,
será aquella que logre tr ascender (sin abolirlos) los
distintos campos de las especialidades. Al fin y al cabo muchos
de los problemas a resolver por los investigadores no se presentan
en la realidad ya clasificados por disciplinas.
García
(op. cit.) por su parte, reconoce que ciertas situaciones
donde confluyen múltiples procesos (por ejemplo, del
medio físico-biológico, de la producción,
de la tecnología, demográficos y de la organización
social) constituyen la estructura de un sistema que funciona
como una totalidad organizada, a la cual denomina sistema
complejo y que sólo es analizable desde un abordaje
interdisciplinario. Ello obliga a plantear una estrategia de
investigación que no puede quedar limitada a la simple
«suma» de los enfoques parciales de los distintos especialistas,
sino que debe constituir una verdadera interpretación
sistémica que dé lugar a un diagnóstico
integrado. Más allá de lo que han reflexionado
estos y otros pensadores, en la práctica, la superación
del parcelamiento cognitivo se ha ido dando no como un proceso
autoconciente y generalizado, sino de una manera «espontánea»,
multipolar y asincrónica, es decir, ha surgido en diferentes
momentos y en los diversos campos o dominios del conocimiento,
ahí donde los problemas a resolver han inducido la creación
de nuevos enfoques integradores.
El
ejemplo más ilustrativo de lo anterior lo constituyen
los llamados «problemas ambientales». Con el paso del tiempo
se ha ido descubriendo que estos pueden ser cabalmente descritos,
interpretados y sobre todo resueltos, solamente a través
de un enfoque integrativo. La problemática ambiental
o ecológica constituye hoy lo que quizás sea el
mayor reto para la ciencia contemporánea, no sólo
porque demanda urgentemente nuevos enfoques capaces de ofrecer
información confiable y completa para resolver numerosos
problemas, sino especialmente porque estos representan ya una
colosal amenaza para la supervivencia del planeta y de la sociedad
humana. Como respuesta a lo anterior se ha gestado un interesante
fenómeno entre los diferentes campos del conocimiento
que ha dado lugar a una serie de «disciplinas híbridas»
las cuales operan como reacciones particulares al pr oceso general
de parcelización y especialización excesiva y
como expresiones de una suerte de «ciencia de salvamento» que
busca ofrecer información para detener y remontar la
crisis ambiental. Este fenómeno presenta dos rasgos principales.
En primer término, ha tenido como principal «foco de
infección» a la ecología, la disciplina que ha
logrado una síntesis original de los conocimientos provenientes
de las ciencias de la tierra y del mundo vivo, así como
de la física y de la química, síntesis
que cristalizó en la propuesta, rigurosidad y decantamiento
del concepto de ecosistema, su objeto de estudio.
En
segundo término, ha sido un proceso de carácter
multipolar en el que por un lado se han ido paulatinamente venciendo
las resistencias de los ecólogos empeñados en
circunscribir su enfoque al mero estudio de los fenómenos
cuya naturaleza está concebida como una entidad pura,
prístina o intocada (Gómez-Pompa y Kaus 1992,
Ehrlich 1997); y por el otro, se han ido derribando las barreras
de impermeabilidad y pureza disciplinaria en al menos ocho áreas
del conocimiento.
El resultado ha sido la aparición de
casi una veintena de «disciplinas híbridas» (figura 1),
es decir, de formas interdisciplinarias de abordar la realidad,
en las que el enfoque adoptado resulta de la integración
del estudio sintético de la naturaleza (la ecología)
con diferentes enfoques dedicados a estudiar el universo social
o humano. La heterogeneidad ha sido el principal rasgo de esta
fertilización recíproca, de forma tal que todo
intento por considerar a estas disciplinas híbridas como
fracciones de una supuesta «metaciencia» r esulta prematuro
si no es que artificioso. Por ejemplo, los reiterados intentos
de visualizar y construir una «ecología humana» concebida
como una ciencia general dedicada al estudio de la relación
entr e sociedad y naturaleza ( e.g. Young 1974, Buttel
1986, Hawley 1986, Begossi 1993), se enfrenta de entrada con
la enorme dificultad teórica y metodológica de
un objeto de estudio que es tan complejo que posiblemente sea
inabarcable. En todo caso una cierta dosis de cautela resulta
lo más conveniente.
Visto
desde una perspectiva sociológica, los factores detonadores
de estas nuevas disciplinas híbridas han sido, sin duda,
el proceso de globalización del fenómeno humano,
el desarrollo mismo del conocimiento especializado, el despliegue
de nuevas tecnologías y en el centro de todo ello, la
aparición y el agudizamiento de la llamada crisis ambiental
o ecológica que, pr esente ya en el ámbito planetario,
se ha vuelto más frecuente, más grave y de mayor
escala en las últimas décadas.
LA
APARICIÓN DE LA SOCIOLOGÍA AMBIENTAL
La
sociología se ha visto influenciada y/o tentada a compartir
sus principios de «ciencia social» con la ecología en
dos periodos , dando lugar a por lo menos dos «disciplinas híbridas».
En la década de los años 1920 y 1930 una vigorosa
corriente dentro de la sociología urbana norteamericana
(conocida como la Escuela de Chicago) hizo suyos varios principios
de la ecología para aplicarlos a los fenómenos
urbanos y construir una «ecología humana» dentro de la
sociología.
Para esta corriente, los conglomerados urbanos
pueden interpretarse como una «comunidad ecológica »,
es decir, como un sistema de relaciones entre partes funcionalmente
difer enciadas y localizadas territorialmente (Park et al.
1925). Entre las publicaciones más relevantes de esta
corriente destaca el libro de R.E. Park y E.W. Burgess (1921), Introduction to Science of Sociology , obra que influyó
durante varias décadas el pensamiento de numerosos autores
y, más recientemente, las aportaciones de Amos H. Hawley
(1950, 1978 y 1986). Al paso del tiempo, la «ecología
humana» fue fuertemente cuestionada por el excesivo y poco riguroso
manejo de los principios de la ecología que fueron transferidos
casi de manera mecánica a la interpretación de
fenómenos de las sociedades urbanas. Gradualmente fueron
desechados por las evidencias de la investigación empírica.
En fechas más cercanas, hacia la década de los
años setenta, la sociología estableció
por segunda vez una nueva conexión con las disciplinas
naturales, para dar lugar a lo que Catton y Dunlap (1978) denominaron
«sociología ambiental» y que definieron como el estudio
de la interacción entre la sociedad y el ambiente.
A
diferencia de la «ecología humana» que simplemente buscaba
analogías inspiradas en los aportes de la ecología,
en la sociología ambiental los investigadores intentan
comprender los procesos societarios por medio de un paradigma
no antropocéntrico. En la perspectiva de esta corriente,
la sociedad humana se encuentra determinada no sólo por
factores intrínsecos a la propia sociedad sino por procesos
y fenómenos naturales o ecológicos, los cuales
fueron excluidos del análisis sociológico. La
sociología ambiental intenta entonces situarse más
allá del paradigma que supone que el universo humano
y social conforman un fenómeno metabiológico,
una visión heredada de la tradición durkheimiana
que establece que los fenómenos sociales sólo
logran explicarse por otros hechos sociales. En esta corriente,
los procesos y fenómenos sociales son visualizados como
formando parte del contexto natural o ambiental, la biosfera
o los ecosistemas.

Como
lo señalaron Catton y Dunlap (1978), la férrea
tradición de pureza disciplinaria que la sociología
experimentó durante varias décadas, no fue sino
el reflejo de una «época de oro» de la sociedad industrial
de la posguerra, que se caracterizó por un crecimiento
económico y un progreso social sin precedentes, así
como por la abundancia de recursos naturales y un inusitado
optimismo tecnológico. Esto vino a reforzar una concepción
donde la sociedad se visualizó como una entidad exenta
de cualquier limitante ambiental o natural. Los sucesos que
tuvieron lugar durante los años sesenta y setenta forzaron
finalmente las circunstancias dando lugar a un cambio de paradigma
dentro de la sociología.
Aunque
la mayor parte de sus analistas ha considerado a la «sociología
ambiental» como una corriente, rama o subdisciplina, para otros
autores se trata de un replanteamiento a fondo de la sociología
misma (Woodgate 1997:15, Woodgate y Redclift 1998). Independientemente
de lo anterior, la nueva tradición inaugurada por la
sociología ambiental ha dado lugar a una corriente firmemente
arraigada dentro de la sociología de los países
anglosajones (Estados Unidos de América, Inglaterra,
Canadá) y en otras naciones (Japón, Brasil) ha
dado inicio un amplio debate teórico y metodológico
resultando en un número elevado y creciente de publicaciones
y de asociaciones de investigadores (véanse recuentos
r ecientes en Dunlap 1997 y Buttel 1997). Por ello constituye
un antecedente obligado y un marco de referencia imprescindible
para las tesis e ideas que serán presentadas y discutidas
en las siguientes secciones de este ensayo.
Dado
que no es el objeto de esta contribución analizar a fondo
las peculiaridades, matices y contradicciones de esta corriente,
se recomienda a los lectores inter esados en profundizar en
el tema consultar dos compendios de reciente aparición:
el Handbook of Environmental Sociology (Dunlap y Michelson
1997) y The International Handbook of Environmental Sociology (Redclift y Woodgate 1997).
LO
RURAL COMO REFERENTE EMPÍRICO
No
es objetivo de este trabajo involucrarse en la búsqueda
de una definición rigurosa de lo rural. Como lo han señalado
algunos autores (e.g. Moreno 1988), los intentos por
vincular una teoría de la sociedad con una teoría
de la distribución espacial de la población, es
decir, por articular la dimensión social con la espacial,
generalmente han terminado en fracasos. Nosotros partimos de
considerar a lo rural simplemente como un refer ente empírico,
en el sentido que señala Moreno (op. cit.) y que
como habremos de mostrar sólo es adecuadamente analizable
a través de un abordaje interdisciplinario o integral.
En efecto, desde una perspectiva funcional, lo rural opera (ya
sea como territorio geográfico y/o como espacio social),
como una dimensión estratégica entre el mundo
de la naturaleza y el mundo de los artefactos (las ciudades
y más recientemente la industria).
Por ello, conforma
un corte o una instancia de la realidad donde se hace necesario
utilizar, de manera integrada, los enfoques particulares de
las ciencias naturales con los de las ciencias sociales y humanas.
En efecto, si lo rural, como ha sido señalado recurrentemente,
no puede ya estudiarse desconectado del universo urbano e industrial,
mucho menos puede abordarse sin sus innumerables conexiones
con el mundo de la naturaleza. Este carácter funcional
que articula estos tres universos (el natural, el rural y el
urbano-industrial) logra revelarse cuando se toma como eje de
análisis el proceso general de metabolismo entre la sociedad
y la naturaleza, un fenómeno de un enorme potencial teórico
y metodológico (Toledo 1994, Fischer-Kowalsky 1997).
LO
RURAL Y EL METABOLISMO ENTRE LA SOCIEDAD Y LA NATURALEZA
Las
sociedades humanas producen y reproducen sus condiciones materiales
de existencia a partir de su metabolismo con la naturaleza,
una condición que aparece como presocial, natural y eterna
(Schmidt 1976). Este metabolismo lo realizan los seres humanos
a través del proceso social del trabajo (o labor).
Dicho proceso implica el conjunto de acciones a través
de las cuales los seres humanos, independientemente de su situación
en el espacio (formación social) y en el tiempo (momento
histórico), se apropian, producen, circulan, transforman,
consumen y excretan productos, materiales, energía
y agua, provenientes del mundo natural. Al realizar estas actividades,
los seres humanos consuman dos actos: por un lado, «socializan»
fracciones o partes de la naturaleza, y por el otro, «naturalizan»
a la sociedad al reproducir sus vínculos con la naturaleza.
Asimismo, durante este proceso general de metabolismo, se genera
una situación de determinación recíproca
entre la sociedad y la naturaleza, pues el modo en que los seres
humanos se organizan en sociedad determina la forma en que ellos
transforman a la naturaleza, la cual a su vez afecta la manera
cómo las sociedades se configuran (principio ecosociológico).
Los
seres humanos organizados en sociedad afectan a la naturaleza
(su estructura, su dinámica y su evolución) por
dos vías: al apropiarse de los elementos naturales (aprovechamiento
de los recursos naturales y de los servicios ambientales) y
al excretar elementos de la naturaleza ya socializados, pues
al producir, circular, transformar y consumir, los seres humanos
arrojan materiales (desechos) hacia la esfera de lo natural
(figura 2). En su relación con la sociedad, la naturaleza
cobra entonces sentido social al realizar dos funciones fundamentales:
por un lado, al proveer a los seres humanos (energía
endosomática) y a sus estructuras externas (vestimentas,
utensilios, máquinas, medios de transporte y de comunicación,
establecimientos: energía exosomática) de materiales,
energías y servicios, y por el otro, al reciclar y finalmente
absorber los materiales desechados por las sociedades.

Si
en las sociedades menos complejas social y políticamente
dicho metabolismo es (y era) realizado por todos los
miembros de los conglomerados sociales, en las sociedades industriales
contemporáneas, altamente jerarquizadas y diferenciadas
socialmente una sola fracción social lleva a cabo exclusivamente
los intercambios con la naturaleza. De esta forma, es posible
distinguir, desde el punto de vista ecológico, dos sectores
bien demarcados que se definen por el rol que juegan durante
el metabolismo general que tiene lugar entre la sociedad humana
y la naturaleza: el rural o primario y el urbano o industrial.
A
través de la producción primaria o rural, las
sociedades extraen materiales y energías de la naturaleza
que sirven como materias primas que luego serán transformadas
a través de la producción manufacturera y/o industrial
para su posterior consumo, o bien como productos (alimentos
y otros bienes) para ser consumidos directamente por los seres
humanos. Esto nos lleva a visualizar a la sociedad en su relación
material con la naturaleza como un organismo cuya periferia
estaría constituida por una «membrana rural» cuyas «células»
estarían encarga- das de extraer directamente elementos
de la porción externa a dicho organismo, y de una parte
interna cuyo rol fundamental consiste en transformar los bienes
que la porción rural proporciona (figura 3). Ambos sectores
son, por supuesto, los consumidores finales de todo fragmento
arrancado a la naturaleza y la distancia que el bien o producto
consumido recorre durante su circulación, desde su apropiación
hasta su consumo, permite reconocer la ubicación de los
diferentes sectores sociales. Por último, los seis procesos
arriba mencionados, que en conjunto conforman el metabolismo
general de la sociedad con la naturaleza, encuentran en estos
tres sectores una cierta representación espacial cuyos
límites se vuelven menos nítidos conforme nos
aproximamos a las sociedades contemporáneas, donde diversos
fenómenos de nuevo cuño, transgreden e incluso
disuelv en la antigua relación, altamente correlativa,
entre unidad espacial y función ecosocial. En el mundo
contemporáneo, donde las diferentes formaciones sociales
(representadas por las naciones) se hallan cada v ez más
integradas a través de los circuitos económicos,
culturales y de información, cada sociedad presenta una
diferente configuración de sus sectores natural, rural
y urbano-industrial y un distinto y particular arreglo de los
procesos básicos que conforman el metabolismo general
entre estos.

De
igual forma, cada sociedad se articula y afecta a la naturaleza
de diversas maneras y con diversos grados de intensidad. El
complejo entramado de articulaciones de procesos al interior
y entre las naciones da lugar, finalmente, a una realidad ecológicosocial
donde los fenómenos de cáracter natural, social
y humano se determinan mutuamente. El resultado de esta doble
conceptualización (ecológica de la sociedad y
social de la naturaleza) toma cuerpo en una visión cualitativamente
superior de la realidad del planeta en razón de dos hechos.
Por un lado, porque deriva de un abordaje que supera el conocimiento
parcelado y la habitual separación entre las ciencias
naturales y las sociales y humanas al que nos tiene condenados
la práctica dominante del quehacer científico.
Por el otro, porque inserta esta visión abstracta en
la dimensión concreta del espacio (planetario),
es decir, sitúa cada fenómeno social y natural
en un contexto donde la posición y la escala se vuelven
también factores determinantes.
LA
APROPIACIÓN DE LA NATURALEZA COMO EJE DE LO RURAL
En
más de un sentido, el concepto de metabolismo que emerge
desde una perspectiva ecológico-social resulta casi equivalente
al concepto de producción (produktion) empleado
por Carlos Marx, un término que ha sido recurrentemente
reducido a su mera expresión economicista no obstante
que conlleva una idea de carácter holístico: «Para
él, la producción comprendía simultáneamente
las relaciones del género humano con la naturaleza, las
relaciones sociales en cuyo seno entran los humanos en el curso
de las transformaciones consecuentes de la capacidad simbólica
humana. Por consiguiente, el concepto no es meramente económico
en el sentido estricto sino también ecológico,
social, político y psicológico-social. Es de carácter
relacional.» (Wolf 1982: 21) Por ello, el término apropiación
viene a representar, en cierto modo, una fracción del
proceso general de la producción en tanto que se refiere
al momento (concreto, particular y específico) en el
que los seres humanos se articulan con la naturaleza a través
del trabajo. En otro sentido, la apropiación conforma
la dimensión propiamente ecológica de este proceso
general de pr oducción, un aspecto que ha sido largamente
olvidado por la gran mayoría de sus analistas.
El
término apropiación que califica el acto por el
cual un sujeto social hace suya una «cosa» se aplica en este
caso a la acción por la cual los seres humanos extraen
elementos o se benefician de algún servicio de la naturaleza
para volverlos un elemento social. Es decir, se trata del acto
por el cual los humanos hacen transitar un fragmento de materia
(o energía) desde el «espacio natural» hasta el «espacio
social», momento en el cual la apropiación se
transforma en producción (en su sentido estricto,
es decir, como el segundo acto particular del proceso productivo).
En tal sentido, la apropiación de la naturaleza es un
acto de internalización o asimilación de elementos
o servicios naturales al «organismo» social.
Esta acción,
que determina y es determinada por las fuerzas naturales representadas
por los ecosistemas, es al mismo tiempo un acto que determina
y es determinado por el resto de los procesos que conforman
ese metabolismo general: la circulación, la transformación,
el consumo y la excreción. Dependiendo del momento histórico
en el que se realiza el abordaje, la apropiación-producción
será, según el caso, el elemento determinante
o determinado del proceso metabólico general.
Por
ejemplo, mientras que en las sociedades agrarias la apropiación-producción
fue (y es) el elemento determinante, en las modernas sociedades
industriales es la transformación y el consumo lo que
determina a la primera dupla. Por otra parte, desde un punto
de vista meramente ecológico, la forma que toma la apropiación,
esto es, la acción mediante la cual los seres humanos
extraen elementos naturales, determinará los efectos
que esta operación tenga sobre la naturaleza que, como
sabemos, es la base material de toda producción (social).
En tal sentido, el calificativo de productor que reciben
los seres humanos desde una óptica estrictamente económica
cuando ejecutan el proceso del trabajo se traduce en el de apropiador cuando el acto de la producción se
enfoca
desde una perspectiva primordialmente ecológica (es decir,
de sus relaciones con los procesos naturales). Esto es así
porque, en última instancia, los seres humanos son al
mismo tiempo especie biológica y especie social,
un supuesto que confirma el carácter bifacético
del trabajo (Schmidt 1976), el cual encarna tanto en intercambio
ecológico (las relaciones materiales con la naturaleza)
como en intercambio económico (las relaciones
materiales entre los propios seres humanos) (Toledo 1981). Por
todo lo anterior, se utiliza aquí el término de apropiación de la naturaleza de manera diferente
a como lo han usado otros autores, particularmente aquellos
ligados a la corriente del estructuralismo marxista.
Así,
dentro de dicha perspectiva nos encontramos, por ejemplo, que
Terray (1972) ha empleado el término para diferenciar
formas tecnológicas de uso de la naturaleza, que Godelier
(1978) lo utiliza en relación con las formas jurídicas
de propiedad y acceso a los recursos, o que a Ingold (1987)
le sirve para diferenciar lo humano de lo animal. La apropiación
de la naturaleza constituye el primer acto del proceso metabólico
que la especie humana, erigida en sociedad, establece con el
universo natural y constituye el acto clave que permite distinguir
lo rural de los otros dos universos. Como hemos señalado
anteriormente, estos universos considerados como espacios sociales
hallaron una expresión territorial casi unívoca
durante sus orígenes (por ejemplo, la revolución
agrícola o neolítica dio lugar a los primeros
paisajes rurales, y lo mismo sucedió con la aparición
de las ciudades y siglos después con el surgimiento de
la industria).
Ocurre,
sin embargo, que esta original nitidez de las demarcaciones
territoriales tiende inexorablemente a disolverse conforme nos
acercamos al presente. Un presente marcado por la moderna sociedad
industrial donde el cambio tecnológico, la transmisión
de la información y de la cultura, los nuevos medios
de transporte y, en fin, el proceso general de globalización,
tienden a diluir la estrecha correlación que existía
entre aquellos tres universos y sus correspondientes territoriales.
Hoy
en día, en las naciones más cercanas al modelo
industrial avanzado, la apropiación de la naturaleza
puede realizar se dentro de territorios nada rurales (por ejemplo,
la extracción de minerales metálicos y no metálicos)
e incluso totalmente urbanos (como la captura de energía
solar y su conversión en electricidad a nivel doméstico).
De forma similar, resulta ya un lugar común la aparición
de actividades industriales (y especialmente agrodustriales)
en el seno mismo de territorios que a primera vista aparecen
como predominantemente rurales. Aún más, en algunas
regiones de países como Holanda, en el nivel meramente
perceptual se vuelve ya prácticamente imposible distinguir
dentro del continuum paisajístico el jardín
del hogar, el parque urbano, el área agropecuaria y la
vegetación no manejada. La aparición de las nuevas
industrias dispersas aquí y allá, e incluso camufladas
en el paisaje de una naturaleza completamente humanizada, terminan
por trastocar, de manera definitiva, la expresión territorial
o geográfica de lo que, en esencia, continúan
siendo los tres universos ecosociales.
EL
CARÁCTER MULTIDIMENSIONAL DEL FENÓMENO DE APROPIACIÓN
DE LA NATURALEZA
El
fenómeno de apropiación es, entonces, el acto
que convierte a lo rural en un área neurálgica
de la realidad que sólo se deja analizar de manera apropiada
a través de un abordaje integral o multidisciplinario.
Ello es así porque el propio fenómeno de apropiación
de la naturaleza es de por sí un proceso multifacético
o multidimensional. Como lo muestra la figura 4, el análisis
completo o integral, es decir eco-sociológico de este
fenómeno, implica el abordaje de por lo menos siete dimensiones
diferentes: (1) la cantidad y calidad de los recursos y servicios
ofrecidos por el fragmento de naturaleza, es decir los ecosistemas,
que una unidad de apropiación/producción P se
apropia, (2) la dinámica de la población que conforma
P, (3) el significado de los intercambios materiales que se
establecen entre P y la naturaleza o los ecosistemas y entre
aquella y los mercados (análisis económico), (4)
el carácter e implicaciones del conjunto de tecnologías
que P aplica durante la apropiación, (5) el conjunto
de conocimientos (corpus) que los miembros de P ponen
en juego durante el acto de la apropiación, (6) la cosmovisión
(kosmos) en tanto que «conjunto de creencias» rige los
comportamientos de quienes forman parte de P y (7) el grupo
de instituciones (económicas, políticas y cultur
ales) dentro de las que P se mueve: formas de propiedad y de
acceso a los recursos naturales (estructuras agrarias), instituciones
familiares , religiosas y educativas, organismos crediticios,
tipos de mercados, instituciones gubernamentales, etcétera.

EL
ESTUDIO DE LO RURAL DESDE UNA PERSPECTIVA MULTIDISCIPLINARIA
El
enfoque ecológico-sociológico constituye una manera
diferente y más completa de iluminar la realidad, en
donde «lo rural» se traslapa (e incluso se confunde) con «lo
ambiental». Ello permite reconceptualizar muchos de los problemas
que en el pasado fueron examinados desde una óptica más
sectorial y menos integrada. Hoy existen innumerables ejemplos
de cómo este enfoque interdisciplinario es aplicado al
análisis de «problemáticas rurales », pues en
la práctica ha sido ya adoptado por un número
creciente de investigadores . Entre estos ejemplos destacan
los nuevos tratamientos al fenómeno demográfico
en relación con la cantidad y calidad de los recursos
a través del concepto de capacidad de carga; las relaciones
entre las formas de propiedad (estructuras agrarias) y el uso
de los recursos naturales; el análisis de ciertos fenómenos
de destrucción ecológica (como la deforestación)
en función de sus determinantes sociales, económicas,
políticas y culturales; la construcción de tipologías
de productores rurales con base en información multicriterial
(ecológica y social) o, en fin, la reconceptualización
de los actores sociales (jornaleros, campesinos, pescadores
o pueblos indígenas) y sus movilizaciones, que a la luz
de la crisis ecológica adquieren nuevos perfiles y nuevas
potencialidades.
LA
REVISUALIZACIÓN DEL DESARROLLO Y LA MODERNIZACIÓN
RURAL
Existe
aún un último aspecto develado por el análisis
ecológico-sociológico que resulta fundamental:
la revisualización del desarrollo y del proceso de modernización.
Para el análisis sectorial o normal de los espacios rurales,
la visión del desarrollo se encuentra cautiva del paradigma
que impone la modernización occidental, el cual establece
como único referente el esquema bipolar entre «tradición»
y «modernidad», explicado sólo en función de los
aspectos productivos y económicos (y a veces sociales
y culturales). En otros términos, el desarrollo rural
es concebido como la transformación productiva, súbita
o paulatina, pero ineludible y unívoca de las formas
campesinas, «tradicionales» o preindustriales en modalidades
agroindustriales o «modernas» tanto en su versión estatal-socialista
como en la del libre mercado.
Frente
a esta visión unidireccional, la perspectiva interdisciplinaria
erige un nuevo paradigma en donde la sociedad y la naturaleza
se conciben como entidades que forman parte de un proceso megahistórico
de coevolución (Noorgard 1994), resultado de la observación
del fenómeno general del metabolismo ecosocial a través
del tiempo. El desarrollo rural es entonces reconceptualizado
en función del papel jugado, a lo largo de la historia,
por los actores rurales dentro de este (mega) proceso metabólico.
Ello obliga, por supuesto, a realizar un abordaje donde es necesario
articular conceptos provenientes tanto de las ciencias naturales
como de las ciencias sociales (e.g. Berkes y Folke 1997).
La demoledora crítica realizada por la investigación
ecológica desde principios de los años sesenta
a los sistemas productivos modernos de carácter agroindustrial,
que puso en evidencia su irracionalidad e inviabilidad a través
de la acumulación de pruebas empíricas sobre el
uso de suelos, recursos hídricos, organismos vivos, genes
y energía, junto con la revalorización de los
sistemas productivos tradicionales o campesinos realizados desde
la agroecología y la etnoecología (e.g. Altieri
y Hecht 1990, Toledo 1990, Netting 1993), dieron lugar a una
nueva visión que, rompiendo la hegemonía impuesta
por Occidente, permitió vislumbrar un nuevo esquema donde
la modernización es puesta en evidencia como un proceso
ilegítimo e incluso perverso.
En
esta nueva perspectiva, la crisis del mundo moderno y, en especial
la de su porción rural, que en buena medida es consecuencia
de la transgresión de los límites biofísicos
del planeta, logra resolverse mediante la superación
de las reducidas maneras en que tanto los «tradicionales» como
los «modernos » se articulan entre ellos mismos y con la naturaleza.
De esta forma surgió el concepto de desarrollo sustentable,
confeccionado desde difer entes círculos académicos,
avalado (casi siempre a nivel retórico) por todos los
gobiernos del mundo en la Cumbre de Río de Janeiro en
1992, y tomado como símbolo y programa por miles de movimientos
sociales de todo el planeta. En la perspectiva de lo rural hoy
este nuevo concepto permite visualizar una tercera alternativa
al dilema casi eterno entre «tradición» y «modernidad»:
la sociedad sustentable, cuyos perfiles se delinean casi
con la misma intensidad entre los círculos académicos
y los movimientos sociales, lo mismo que los métodos
para alcanzarla (véase Sevilla-Guzmán y Woodgate
1997). Ello permite percibir una «modernidad alternativa» erigida
como una nueva opción tanto para las formas premodernas
campesinas como para las pertenecientes al mundo de lo agroindustrial,
a través de un proceso de «posmodernización »
que visto en una perspectiva histórica no es más
que la adopción de un nuevo modo de apropiación
de la naturaleza. Queda por último el señalar
que, para el caso específico de México y de Latinoamérica,
esta vía de posmodernización» que ha quedado abierta
bajo el nuevo concepto de desarrollo sustentable, ha ido más
allá de los meros círculos académicos para
volverse una realidad dentro del discurso y las acciones políticas
de innumerables movimientos sociales agrarios. Dicho en otros
términos, el enfoque ecológico-sociológico
no sólo ha inyectado nuevos bríos al mundo de
la academia, también ha dado elementos para construir
nuevas demandas y para alimentar nuevas utopías y nuevas
esperanzas.
BIBLIOGRAFÍA
Altieri,
M. y S. Hecht 1990. Agroecology and Small-Farm Development.
CRC Pr ess.
Begossi,
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