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Comunicación para la restauración: perspectivas de los actores e intervenciones con y por medio de las personas

 

Alicia Castillo

Centro de Investigaciones en Ecosistemas UNAM, Antigua carretera a Pátzcuaro 8701
Morelia, Michoacán, CP 58190 castillo@oikos.unam.mx

 

La restauración ecológica es una intervención de los grupos humanos sobre los ecosistemas que han sido degradados, dañados, transformados o destruidos, para facilitar su recuperación (SER, 2002). La principal intención es que el sistema natural en cuestión recupere los elementos estructurales perdidos, y que las funciones y procesos propios del ecosistema original se lleven a cabo sin ayuda humana. En otras palabras, el fin último de la restauración es lograr la integridad y la salud de los ecosistemas que fueron deteriorados por actividades humanas. Determinar las características del ecosistema original y sus funciones como un ecosistema sano o íntegro, evaluar si es posible su reconstrucción y las técnicas para lograrlo, son temas cruciales que ecólogos y otros científicos naturales discuten en la actualidad.

Tanto la teoría como la práctica de la restauración se encuentran en proceso de construcción y por ello existe una activa discusión sobre las diferentes experiencias que se desarrollan. Un tema importante que ha surgido en el debate sobre la restauración de ecosistemas es el que tiene que ver con los principios filosóficos de la acción de restaurar. Algunos autores cuestionan si la restauración no es sólo una actividad más de dominación humana sobre las demás especies y los sistemas naturales (Katz, 1992 citado en Gobster y Hull, 2000); mientras que otros sostienen que esta actividad nos permite devolver a la naturaleza lo que nuestras acciones le han quitado, a la vez que se construyen o reconstruyen relaciones más armónicas entre las sociedades y los ecosistemas (Jordan III 2000). En el centro de la discusión se encuentran los valores que los grupos humanos dan a su relación con la naturaleza y la utilización de esta forma de manejo de ecosistemas.

La restauración ecológica no es nueva. Desde tiempos remotos, los grupos humanos han ayudado a la recuperación de sitios degradados con la finalidad de mantener la disponibilidad de bienes brindados por los ecosistemas, así como para lograr beneficios de carácter estético y recreativo. La restauración, por ende, surgió a partir del reconocimiento por las sociedades humanas de las consecuencias del deterioro de los sistemas naturales. A pesar de ello, durante mucho tiempo no se le concedió mayor importancia y los movimientos ambientalistas y los grupos conservacionistas de la segunda mitad del siglo XX, se mostraron escépticos respecto a sus posibilidades (Jordan III, 2000). Sin embargo, tomando como base fundamental los avances en la ciencia ecológica, la restauración de ecosistemas se ha convertido, desde finales de los años ochenta, en una práctica de manejo cada vez más consolidada (SERI y UICN, 2004). El aumento de experiencias de restauración alrededor del mundo y el análisis de los aciertos y problemas enfrentados en cada caso, ha permitido identificar la complejidad de las tareas a realizar. Se reconoce, por ejemplo, que en muchos sitios se carece de la información sobre los ecosistemas originales, o que la información disponible representa tan sólo un estado de los atributos de un ecosistema, es decir, sólo una combinación particular de los eventos que ocurrieron durante el desarrollo evolutivo del ecosistema y, consecuentemente, es difícil saber si las condiciones formuladas para la restauración son las adecuadas (SER, 2002).

Otro aspecto esencial ha sido visualizar la restauración de un sitio particular dentro de contextos regionales en los cuales es relevante la integración de paisajes a diferentes escalas. Una de las motivaciones principales para llevar a cabo actividades de restauración de ecosistemas es la recuperación de sus capacidades para proveer bienes y servicios a los grupos humanos. En consecuencia, la definición de los objetivos de un proyecto de restauración es un proceso vinculado fundamentalmente con las necesidades y los valores del grupo social relacionado con el sistema a restaurar. Puede tratarse, por ejemplo, de terrenos públicos importantes para la recarga de acuíferos, en los que los objetivos de la restauración son definidos por autoridades gubernamentales; o puede ser el caso de bosques comunales de un ejido, en donde se necesita recuperar las capacidades de provisión de recursos maderables y no maderables, y en este caso es la comunidad en cuestión la que tiene más influencia sobre los objetivos. El análisis de las posibilidades para llevar a cabo la restauración y la conducción técnica del proceso, no obstante, sólo puede darse utilizando los más sólidos conocimientos ecológicos disponibles (Winterhalder, et al., 2004). Considerar los puntos de vista de los grupos humanos que dependen de los ecosistemas resulta fundamental, en cualquier proceso que busca la restauración ecológica (Robertson et al., 2000; SERI y UICN, 2004). En este sentido, el objetivo central del presente capítulo es revisar el significado de la necesidad de incluir el punto de vista de los actores que intervienen en un sistema para su restauración, y poner a consideración algunas ideas surgidas en los campos de la sociología rural, la comunicación, la educación ambiental y el nuevo extensionismo agrícola, y que pueden ser de utilidad en el contexto del manejo de ecosistemas, particularmente en la restauración.

 

Las perspectivas de los actores en el manejo de ecosistemas

De acuerdo con Grumbine (1994) el manejo de ecosistemas es un proceso mediante el cual se toman decisiones sobre la utilización y manipulación de los ecosistemas, considerando sus aspectos estructurales y funcionales. Es un enfoque que considera la necesidad de mantener los ecosistemas a largo plazo, ya que éstos son la fuente de bienes y servicios para los grupos humanos (Daily, 1997). Durante las últimas dos décadas, los ecólogos han insistido en considerar la estructura y función de los ecosistemas como base para la toma de decisiones en relación con el ordenamiento territorial, el aprovechamiento de bienes y servicios, así como en la conservación y restauración de áreas (Maass, 2003). El manejo de ecosistemas cuestiona principalmente el enfoque que busca el manejo de recursos naturales aislados, ya que bajo este último no se consideran los efectos que determinadas acciones pueden tener sobre otros elementos o funciones del ecosistema, o sobre los ecosistemas colindantes a escalas mayores. No es posible, por ejemplo, llevar a cabo programas de manejo del agua sin tomar en cuenta las condiciones generales de las cuencas hidrográficas y sin entender las relaciones de la dinámica hidrológica con los tipos de suelo, la estructura de la vegetación o determinadas funciones de los ecosistemas, tales como los ciclos de nutrientes.

Como proceso social de toma de decisiones, en el manejo de ecosistemas es necesario reconocer la intervención de diversos actores. En primer lugar, hay que admitir que los productores rurales constituyen el principal sector que toma decisiones sobre los ecosistemas. Se trata de aquellos grupos sociales que dependen para su subsistencia de la agricultura, la ganadería, la silvicultura, la caza y la pesca, y que representan cerca del 43% del total de la población mundial. Son ellos los que inician el proceso metabólico entre las sociedades humanas y los ecosistemas (Toledo, 2004). En los países considerados en desarrollo, como muchos de las regiones de América Latina, Asia y África, la proporción de los manejadores primarios de ecosistemas es mayor y se considera que en estos países vive el 95% de los grupos humanos dedicados a laborar con la naturaleza (Toledo, 2004). Estos grupos, además, muchas veces son dueños de los territorios en donde se llevan a cabo las actividades productivas. En México, hasta el año de 1990, 95% de los productores rurales poseían sus tierras (Warman, 2001) siendo las principales formas de tenencia, las comunales, a través de la conformación de ejidos y comunidades indígenas. Estas formas comunales son muy importantes ya que en muchos casos han permitido el desarrollo de arreglos institucionales, es decir, el diseño de sistemas de reglas y normas, que promueven la acción y la obtención de beneficios de manera colectiva y que han actuado como “cubiertas protectoras” para prácticas productivas sustentables (Alcorn y Toledo, 1998).

Además de los arreglos institucionales de los productores rurales, las instituciones gubernamentales imponen estructuras normativas que regulan las decisiones que se toman en los territorios de una nación. Los distintos niveles de la administración gubernamental, los programas y proyectos que se implementan, así como los criterios que tienen las autoridades de las áreas agrícola, ganadera, forestal y pesquera, desempeñan papeles importantes en la toma de decisiones. Otro sector relevante en numerosos casos, es el de las organizaciones no-gubernamentales (ONG) las que, en países en desarrollo, trabajan activamente en la búsqueda de alternativas para el aprovechamiento de los ecosistemas que logren el mantenimiento de los procesos que sustentan los sistemas naturales, al mismo tiempo que mejoren las condiciones de vida de las comunidades rurales. En América Latina, muchas ONG han logrado promover un desarrollo social con base en las capacidades y conocimientos locales sobre los recursos naturales (Altieri y Masera, 1993) y en estos casos, constituyen un actor social fundamental en el manejo de ecosistemas. Finalmente, deben considerarse también como actores en la toma de decisiones sobre los ecosistemas, a las instituciones de investigación en las áreas agrícola, pecuaria, forestal y pesquera, así como en las disciplinas relacionadas con lo ambiental. Entre éstas, la ecología ha desempeñado un papel crucial en la toma de decisiones sobre la conservación de ecosistemas, principalmente en relación con el establecimiento de áreas naturales protegidas. En otros aspectos, como el del aprovechamiento de los bienes y servicios brindados por los ecosistemas, su influencia ha sido menor, pero se espera que en las prácticas de restauración adquiera y desempeñe un papel protagónico.

Además de reconocer la diversidad de actores involucrados en los procesos de toma de decisiones sobre los ecosistemas, es necesario entender que éstos, en la mayoría de los casos, no comparten una misma idea sobre lo que debe hacerse en un sitio determinado, ni tienen las mismas expectativas sobre los resultados de una decisión. Asimismo, es común que no compartan los mismos conocimientos, ni tampoco el mismo poder de influencia sobre los demás actores. Los productores rurales, por ejemplo, pocas veces conocen con detalle cómo se construyen las políticas y programas gubernamentales, y frecuentemente son excluidos de su diseño o de la obtención de beneficios de los programas públicos. Muchas veces, los conflictos en el manejo de los recursos naturales se deben no sólo a problemas de índole material, sino también cognitivo (Adams et al., 2003). Es decir, no es suficiente con analizar solamente los intereses económicos de los actores involucrados en un problema de manejo, sino que también es fundamental examinar las distintas percepciones que los actores tienen sobre los recursos, los sistemas que los proveen y las prácticas para aprovecharlos. Hacer explícitas las bases de las distintas posiciones adoptadas por los actores permite mejorar la transparencia y la efectividad de las negociaciones entre éstos. Conocer y dar a conocer, entre los actores involucrados, las múltiples visiones que pueden existir con respecto a las decisiones de manejo, constituye un paso importante hacia la construcción de consensos que concilien los distintos intereses, necesidades y expectativas de esos actores. Estos intercambios y negociaciones, no obstante, son complejos y difíciles de realizar y requieren, a su vez, del establecimiento de reglas claras sobre los mismos procesos de negociación (Waltner-Toews et al., 2003).

Para entender las interacciones entre los distintos actores que, se sabe, tienen distintas necesidades y expectativas, y construyen distintas explicaciones sobre los fenómenos, Long (1992, 1998) propone el análisis centrado en los actores, ya sean éstos campesinos, empresarios, burócratas gubernamentales o investigadores. El interés es entender los significados que los actores dan a los fenómenos y dilucidar cómo sus interpretaciones y estrategias se entrecruzan a través de procesos de negociación. Se trata de comprender cómo las distintas visiones del mundo de los actores interactúan entre ellas y cómo los actores responden para lograr llevar a cabo sus propios intereses (Long, 1999). Es necesario tomar en cuenta que los actores no se comportan de igual manera en distintos contextos sociales y que es necesario identificar las visiones y comprensiones en relación con contextos espaciales y temporales determinados. Desde el punto de vista del manejo de ecosistemas, conocer las perspectivas de los actores, fundamentalmente de los tomadores de decisiones como los productores rurales, se vuelve en una tarea esencial si se quiere trabajar en la construcción de visiones compartidas que consideren, además de la satisfacción de necesidades y objetivos sociales, el mantenimiento a largo plazo de los ecosistemas.

 

La comunicación como instrumento en el manejo de ecosistemas

El manejo de ecosistemas puede verse como un proceso de intervención, es decir, la reorientación de un proceso social en una dirección determinada, por parte de quien interviene (Röling, 1990), a través del cual se incorporan los principios desarrollados por la ecología de ecosistemas en la toma de decisiones sobre ordenamiento, aprovechamiento, conservación y restauración de ecosistemas. El manejo de ecosistemas tiene un carácter dual en el que se requieren intervenciones de tipo técnico y comunicativo (Castillo, 2001). Las primeras son las actividades prácticas o recomendaciones dirigidas a manipular los elementos de los ecosistemas. Se incluyen en este concepto actividades tales como el manejo forestal, el manejo de cuencas o de fauna silvestre, en las cuales se trabaja con elementos como árboles, flujos de agua o animales, respectivamente. Las intervenciones comunicativas, por otro lado, son actividades concebidas para trabajar con la gente y por medio de las personas. Esto es, son actividades que requieren que la gente realice acciones como pueden ser la selección cuidadosa de árboles aprovechables en un bosque, la construcción de sistemas de riego de acuerdo con las características de una cuenca o la protección de un bosque para la reproducción de venados. La mayoría de las prácticas de manejo requieren de trabajar en ambas cuestiones y frecuentemente solo se consideran los aspectos técnicos. Es común que los responsables de proyectos de manejo tanto en los ámbitos de gobierno como no gubernamental, sean profesionales o técnicos entrenados para las intervenciones técnicas (biólogos, agrónomos, manejadores de fauna silvestre) pero con poco conocimiento o experiencia para trabajar con las personas.

Trabajar con la gente y por medio de las personas requiere de habilidades muy diferentes a las que se necesitan en las intervenciones técnicas. Se requiere inicialmente ser capaz de entender los contextos particulares de los grupos sociales, así como capacidades para establecer diálogos a través de los cuales se construyan conocimientos, valores y soluciones a los problemas (Freire, 1973). En el contexto de países en desarrollo, el trabajo por medio de las personas presenta además características particulares debido a que se requiere trabajar, en muchos casos, con grupos sociales marginados y de escasos recursos, además de que, frecuentemente, estos grupos pueden pertenecer a una cultura indígena. En estos casos, se trabaja con grupos humanos con sistemas de conocimiento, percepciones de la relación sociedad-naturaleza, cosmovisiones y lenguajes particulares.

El extensionismo actual, derivado de los conocimientos provenientes de la investigación y práctica del extensionismo (Röling, 1990), puede ser considerada como la mejor contribución al manejo de ecosistemas en términos del uso de intervenciones comunicativas. A pesar de la mala reputación adquirida en el pasado por los fracasos del extensionismo agrícola en países como México, el extensionismo actual contribuye con guías importantes no solo para el intercambio de conocimientos y perspectivas entre diferentes actores sociales, sino también para la diseminación y la utilización efectiva de resultados de investigación. Con base en intensas investigaciones sobre el papel del extensionista en países en desarrollo (Chambers et al., 1993; Scoones y Thompson, 1994), actualmente se le concibe en la línea propia del educador capaz de comunicarse y de construir entendimientos con sus educandos (Van den Ban 1996). El extensionismo es de naturaleza contradictoria ya que se le ve como “un instrumento de intervención deliberada que tiene como meta lograr los objetivos de quien interviene pero tomando en cuenta que esto solo puede ser efectivo induciendo cambios voluntarios en las personas a través de satisfacer sus necesidades y expectativas” (Röling, 1990: 39). El mantenimiento de ecosistemas sanos es un objetivo social que provee beneficios a la humanidad desde las escalas locales a las globales. No obstante, las personas cuyos sistemas de manejo deben ser modificados, necesitan obtener beneficios directos de los cambios inducidos. Los enfoques participativos, concebidos como el involucramiento real y activo (Reyes, 1997) de los pobladores rurales en la toma de decisiones que afectan sus vidas, forman parte también de esta visión moderna del extensionismo. Por lo tanto, la adecuada representación de las visiones y perspectivas de estos actores debe considerarse como esencial en el manejo de ecosistemas y requiere del establecimiento de compromisos políticos de sectores con mayores niveles de influencia y poder (Pretty y Pimbert, 1995). Sectores como las autoridades gubernamentales y los propios científicos, deben considerar la participación social como un elemento fundamental que permite fortalecer los procesos de manejo sustentable de los ecosistemas.

Un aspecto relevante del enfoque participativo es la aceptación de que los conocimientos necesarios para la toma de decisiones no provienen de una fuente única, ni solamente de métodos científicos. La generación, obtención y control del conocimiento la hacen diferentes personas dentro de una sociedad (Scoones y Thompson, 1994) y su transmisión depende de los contextos socioculturales y de las redes de personas y grupos existentes. Es a través de las interacciones sociales que se pueden construir tanto el conocimiento para la solución de problemas como estrategias alternativas de acción. El conocimiento científico, no obstante, desempeña un papel fundamental en la atención de problemas, y por lo tanto, las instituciones de investigación deben asumir su papel como generadores de aportaciones relevantes que apoyen la toma de decisiones sobre los ecosistemas.

Para la construcción de formas sustentables de manejo de ecosistemas es necesario lograr el intercambio de ideas y conocimientos de manera continua, interactiva y participativa y esto no es tarea fácil. Un concepto que ayuda a entender los retos y dificultades para lograr la cooperación y la posibilidad de influencia entre sectores sociales, es el de mediación (Blauert y Zadek, 1999). Este concepto surge de la preocupación por entender cómo los sectores sociales políticamente más débiles –pero con mayores responsabilidades en el manejo de ecosistemas, como es el caso de los productores rurales– pueden ejercer influencia en sectores más poderosos como las autoridades gubernamentales. A través de procesos de mediación se busca formar alianzas para la influencia política, principalmente respecto de aquellas acciones que afectan la vida, el sustento y el contexto ambiental de los campesinos. A través de la construcción de canales de comunicación entre los distintos actores, la mediación pretende acercar diferentes visiones del mundo y diferentes intereses, en el intento por establecer puentes que faciliten la construcción colectiva de alternativas de acción. La mediación no sólo considera hacer uso de múltiples canales de comunicación (contactos personales, establecimientos de redes y alianzas, uso de tecnologías modernas de comunicación), sino reconocer como esencial el desarrollo de prácticas de escucha y de aprendizaje cotidianos para el entendimiento de las percepciones de los otros involucrados, ya sean científicos, agencias de desarrollo o campesinos (Blauert y Zadek, 1999).

 

Propuesta de trabajo para la restauración ecológica

Como una forma de integrar lo dicho anteriormente, se propone el modelo de trabajo presentado en la figura 1, como una guía para llevar a cabo proyectos de restauración ecológica que consideren el diseño e implementación de intervenciones tanto técnicas como comunicativas. La esencia de la propuesta es tener procesos de comunicación continua –y en dos sentidos– entre los integrantes de un equipo técnico y los actores locales interesados en llevar a cabo la restauración. Este establecimiento de diálogos se puede apoyar a través de un equipo de comunicadores, educadores y promotores ambientales, que ayuden en el trabajo con y por medio de las personas. Si no es posible contar con un equipo de este tipo, al menos se debe tener uno o dos facilitadores con conocimientos y experiencia de trabajo con grupos humanos, que sean capaces de llevar a cabo las actividades participativas y de mediación necesarias.

Para la intervención técnica, se plantea que una de las primeras acciones a realizar es identificar el ecosistema que servirá de referencia para guiar el proceso de restauración. Se reconoce como el ecosistema de un sitio existente (lo más similar posible al ecosistema original del sitio a restaurar) y su descripción más detallada posible (SER, 2002). Este punto dependerá, desde luego, de la disponibilidad de información que se tenga y de la capacidad del equipo técnico para utilizar información sobre sitios similares en el proceso de construcción del ecosistema de referencia. Se sugiere, idealmente, que el ecosistema de referencia se construya a partir de la información de múltiples sitios vecinos (que compartan condiciones ambientales semejantes al sitio que se desea restaurar). Esta descripción es necesaria para dar seguimiento a las acciones y para la obtención de resultados, de acuerdo con las variables seleccionadas y en relación con los atributos ecosistémicos a recuperar. Como una acción paralela, se plantea conocer las perspectivas de los actores interesados en el proyecto así como las de los posibles afectados. Es decir, considerar también a otros actores que podrían beneficiarse de la restauración o a actores que no estén de acuerdo porque sientan que alguno de sus intereses se ven afectados negativamente. Lo ideal para realizar este diagnóstico es utilizar los enfoques y técnicas de la investigación participativa, que permiten la construcción de conocimientos sobre las realidades ecológica y social en una situación determinada a través de la participación de los actores locales (Reyes, en prensa; GEA, 1993).

Un siguiente paso es la formulación de los objetivos del proyecto de restauración. Para esto se recomienda que se haya establecido una comunicación, interactiva y continua, entre los distintos actores y los equipos de trabajo. Es esencial la utilización de enfoques participativos de trabajo a través de los cuales se lleve a cabo el proyecto, considerando lo que todos los involucrados tienen que aportar. Lograr la integración de las múltiples perspectivas que pueden darse sobre lo que debe hacerse, puede resultar una tarea difícil. Pero no hay más alternativa que, como se mencionó anteriormente, negociar para lograr consensos a través del establecimiento de reglas que también deben negociarse (Waltner-Toews et al., 2003). Aunque no en el área de la restauración directamente, pero sí en relación con el manejo de ecosistemas, existen ejemplos en nuestro país de casos que han logrado trabajar dentro de un enfoque participativo. Uno de éstos es el realizado por el grupo Proyecto Sierra de Santa Martha, A.C. y el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, en la Sierras de Los Tuxtlas y Santa Martha en Veracruz, desde el año de 1990. Un aspecto esencial de esta experiencia fue incorporar, en los trabajos que tenían como meta contribuir a la conservación de las selvas remanentes y su aprovechamiento sustentable, enfoques de investigación participativa que les permitieran conocer las perspectivas de los actores locales y cotejar y/o modificar los planteamientos hechos por el propio proyecto (Paré y Velásquez, 1997; Lazos y Paré, 2000). Otro ejemplo es el de los trabajos llevados a cabo en la Reserva de la Biosfera Sierra de Manantlán, en Jalisco, donde a través de equipos de promotores comunitarios y educadores ambientales y utilizando enfoques participativos, se realizan proyectos productivos y de conservación, en los que los actores locales trabajan de cerca con investigadores tanto de las ciencias naturales como de disciplinas sociales (Graf et al,. 1995; Castillo, 2000).

Una vez identificados los objetivos del proyecto de restauración, la intervención técnica puede seguir los pasos principales propuestos por Stanford y Pool (1996) para el manejo de ecosistemas, y que consisten en desarrollar las estrategias a seguir, diseñar las técnicas a utilizar e implementar las acciones que lleven a la restauración. Dar seguimiento a estas acciones constituye una tarea fundamental para evaluar los resultados de las acciones emprendidas. El monitoreo constante permite, además, corregir las acciones que no dieron los resultados esperados bajo un enfoque de manejo adaptativo (Holling, 1978).

En lo que respecta a la intervención comunicativa, se recomienda que los actores se involucren en las acciones concretas de restauración y que esta situación se constituya en un espacio para el aprendizaje colectivo. Dentro de una concepción de la educación ambiental que involucra la reconstrucción de las redes de relaciones entre personas, sociedad y ambiente (Sauvé, 1999), las intervenciones que promueven la conservación de ecosistemas, el aprovechamiento sustentable de los bienes y servicios ecosistémicos, así como aquéllas que intentan la restauración ecológica, no pueden dejar de constituirse en oportunidades para la construcción y reconstrucción de relaciones más armónicas entre las sociedades y la naturaleza. Un aspecto importante cuando se trabaja en el ámbito de la educación ambiental rural, como lo señala Reyes (2003), es que los agentes externos, en este caso el equipo técnico, estimulen la construcción de un lenguaje común que facilite el desarrollo de las distintas acciones a realizar. Se deben promover, además, procesos que permitan a los actores adquirir conocimientos y habilidades útiles para el manejo a mediano y largo plazos de los ecosistemas restaurados, a la vez que ofrezcan experiencia que ayuden al fortalecimiento de las capacidades de autodeterminación de los actores locales (Reyes, 1997). Finalmente, es necesario tener en cuenta que la intención última de las intervenciones sociales es el retiro de los agentes externos cuando se han cumplido los objetivos planteados. Para el caso de proyectos de restauración que se llevan a cabo en conjunto con actores locales tales como productores rurales, es necesario identificar el momento en que el ecosistema bajo restauración posee ya las capacidades para su auto-regulación y puede seguir su curso evolutivo. En relación con los actores, es necesario determinar cuándo éstos ya se han apropiado del proyecto de restauración y cuándo ya han adquirido las herramientas necesarias para conducir un manejo del ecosistema que le permita su mantenimiento a largo plazo. Dentro de estas capacidades es quizás importante que los actores puedan ser capaces de buscar la información y la asesoría técnica necesarias cuando se enfrenten a situaciones difíciles de manejo, es decir que puedan llevar a cabo estrategias de manejo adaptativo de ecosistemas.

 

Consideraciones finales

El manejo de ecosistemas, y en particular la restauración, deben entenderse como procesos de toma de decisiones que, a la vez que permitan la satisfacción de las necesidades de las sociedades humanas, sirven también al mantenimiento de las funciones de los ecosistemas a largo plazo. Las intervenciones de tipo técnico, consecuentemente, deben formularse con base en el más sólido conocimiento ecológico. La necesidad de considerar las perspectivas de los actores interesados o afectados por los proyectos de restauración, se reconoce también como una cuestión sustancial en este tipo de proyectos. Llevar a cabo intervenciones comunicativas que faciliten el trabajo con y por medio de las personas debe, utilizar los más sólidos conocimientos generados en los campos de la sociología rural, la comunicación, la educación ambiental y el actual extensionismo, así como de las experiencias de trabajo participativo llevadas a cabo exitosamente en distintos sitios del país y de la región Latinoamericana.

 

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Figura 1. Intervenciones técnicas y comunicativas en la restauración ecológica: una propuesta
Las flechas continuas indican la secuencia de la propuesta y las líneas puntadas representan los procesos de retroalimentación de información indispensables en un enfoque de manejo adaptativo. Las líneas dobles indican la finalización de las intervenciones aunque no necesariamente el retiro de la participación de investigadores y técnicos.

 

 

 

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Última Actualización: 15/11/2007