Comunicación
para la restauración: perspectivas de los actores e intervenciones
con y por medio de las personas
Alicia
Castillo
Centro
de Investigaciones en Ecosistemas UNAM, Antigua carretera a Pátzcuaro
8701
Morelia, Michoacán, CP 58190 castillo@oikos.unam.mx
La
restauración ecológica es una intervención
de los grupos humanos sobre los ecosistemas que han sido degradados,
dañados, transformados o destruidos, para facilitar su
recuperación (SER, 2002). La principal intención
es que el sistema natural en cuestión recupere los elementos
estructurales perdidos, y que las funciones y procesos propios
del ecosistema original se lleven a cabo sin ayuda humana. En
otras palabras, el fin último de la restauración
es lograr la integridad y la salud de los ecosistemas que fueron
deteriorados por actividades humanas. Determinar las características
del ecosistema original y sus funciones como un ecosistema sano
o íntegro, evaluar si es posible su reconstrucción
y las técnicas para lograrlo, son temas cruciales que ecólogos
y otros científicos naturales discuten en la actualidad.
Tanto la teoría como la práctica de la restauración
se encuentran en proceso de construcción y por ello existe
una activa discusión sobre las diferentes experiencias
que se desarrollan. Un tema importante que ha surgido en el debate
sobre la restauración de ecosistemas es el que tiene que
ver con los principios filosóficos de la acción
de restaurar. Algunos autores cuestionan si la restauración
no es sólo una actividad más de dominación
humana sobre las demás especies y los sistemas naturales
(Katz, 1992 citado en Gobster y Hull, 2000); mientras que otros
sostienen que esta actividad nos permite devolver a la naturaleza
lo que nuestras acciones le han quitado, a la vez que se construyen
o reconstruyen relaciones más armónicas entre las
sociedades y los ecosistemas (Jordan III 2000). En el centro de
la discusión se encuentran los valores que los grupos humanos
dan a su relación con la naturaleza y la utilización
de esta forma de manejo de ecosistemas.
La restauración ecológica no es nueva. Desde tiempos
remotos, los grupos humanos han ayudado a la recuperación
de sitios degradados con la finalidad de mantener la disponibilidad
de bienes brindados por los ecosistemas, así como para
lograr beneficios de carácter estético y recreativo.
La restauración, por ende, surgió a partir del reconocimiento
por las sociedades humanas de las consecuencias del deterioro
de los sistemas naturales. A pesar de ello, durante mucho tiempo
no se le concedió mayor importancia y los movimientos ambientalistas
y los grupos conservacionistas de la segunda mitad del siglo XX,
se mostraron escépticos respecto a sus posibilidades (Jordan
III, 2000). Sin embargo, tomando como base fundamental los avances
en la ciencia ecológica, la restauración de ecosistemas
se ha convertido, desde finales de los años ochenta, en
una práctica de manejo cada vez más consolidada
(SERI y UICN, 2004). El aumento de experiencias de restauración
alrededor del mundo y el análisis de los aciertos y problemas
enfrentados en cada caso, ha permitido identificar la complejidad
de las tareas a realizar. Se reconoce, por ejemplo, que en muchos
sitios se carece de la información sobre los ecosistemas
originales, o que la información disponible representa
tan sólo un estado de los atributos de un ecosistema, es
decir, sólo una combinación particular de los eventos
que ocurrieron durante el desarrollo evolutivo del ecosistema
y, consecuentemente, es difícil saber si las condiciones
formuladas para la restauración son las adecuadas (SER,
2002).
Otro aspecto esencial ha sido visualizar la restauración
de un sitio particular dentro de contextos regionales en los cuales
es relevante la integración de paisajes a diferentes escalas.
Una de las motivaciones principales para llevar a cabo actividades
de restauración de ecosistemas es la recuperación
de sus capacidades para proveer bienes y servicios a los grupos
humanos. En consecuencia, la definición de los objetivos
de un proyecto de restauración es un proceso vinculado
fundamentalmente con las necesidades y los valores del grupo social
relacionado con el sistema a restaurar. Puede tratarse, por ejemplo,
de terrenos públicos importantes para la recarga de acuíferos,
en los que los objetivos de la restauración son definidos
por autoridades gubernamentales; o puede ser el caso de bosques
comunales de un ejido, en donde se necesita recuperar las capacidades
de provisión de recursos maderables y no maderables, y
en este caso es la comunidad en cuestión la que tiene más
influencia sobre los objetivos. El análisis de las posibilidades
para llevar a cabo la restauración y la conducción
técnica del proceso, no obstante, sólo puede darse
utilizando los más sólidos conocimientos ecológicos
disponibles (Winterhalder, et al., 2004). Considerar los puntos
de vista de los grupos humanos que dependen de los ecosistemas
resulta fundamental, en cualquier proceso que busca la restauración
ecológica (Robertson et al., 2000; SERI y UICN, 2004).
En este sentido, el objetivo central del presente capítulo
es revisar el significado de la necesidad de incluir el punto
de vista de los actores que intervienen en un sistema para su
restauración, y poner a consideración algunas ideas
surgidas en los campos de la sociología rural, la comunicación,
la educación ambiental y el nuevo extensionismo agrícola,
y que pueden ser de utilidad en el contexto del manejo de ecosistemas,
particularmente en la restauración.
Las
perspectivas de los actores en el manejo de ecosistemas
De
acuerdo con Grumbine (1994) el manejo de ecosistemas es un proceso
mediante el cual se toman decisiones sobre la utilización
y manipulación de los ecosistemas, considerando sus aspectos
estructurales y funcionales. Es un enfoque que considera la necesidad
de mantener los ecosistemas a largo plazo, ya que éstos
son la fuente de bienes y servicios para los grupos humanos (Daily,
1997). Durante las últimas dos décadas, los ecólogos
han insistido en considerar la estructura y función de
los ecosistemas como base para la toma de decisiones en relación
con el ordenamiento territorial, el aprovechamiento de bienes
y servicios, así como en la conservación y restauración
de áreas (Maass, 2003). El manejo de ecosistemas cuestiona
principalmente el enfoque que busca el manejo de recursos naturales
aislados, ya que bajo este último no se consideran los
efectos que determinadas acciones pueden tener sobre otros elementos
o funciones del ecosistema, o sobre los ecosistemas colindantes
a escalas mayores. No es posible, por ejemplo, llevar a cabo programas
de manejo del agua sin tomar en cuenta las condiciones generales
de las cuencas hidrográficas y sin entender las relaciones
de la dinámica hidrológica con los tipos de suelo,
la estructura de la vegetación o determinadas funciones
de los ecosistemas, tales como los ciclos de nutrientes.
Como proceso social de toma de decisiones, en el manejo de ecosistemas
es necesario reconocer la intervención de diversos actores.
En primer lugar, hay que admitir que los productores rurales constituyen
el principal sector que toma decisiones sobre los ecosistemas.
Se trata de aquellos grupos sociales que dependen para su subsistencia
de la agricultura, la ganadería, la silvicultura, la caza
y la pesca, y que representan cerca del 43% del total de la población
mundial. Son ellos los que inician el proceso metabólico
entre las sociedades humanas y los ecosistemas (Toledo, 2004).
En los países considerados en desarrollo, como muchos de
las regiones de América Latina, Asia y África, la
proporción de los manejadores primarios de ecosistemas
es mayor y se considera que en estos países vive el 95%
de los grupos humanos dedicados a laborar con la naturaleza (Toledo,
2004). Estos grupos, además, muchas veces son dueños
de los territorios en donde se llevan a cabo las actividades productivas.
En México, hasta el año de 1990, 95% de los productores
rurales poseían sus tierras (Warman, 2001) siendo las principales
formas de tenencia, las comunales, a través de la conformación
de ejidos y comunidades indígenas. Estas formas comunales
son muy importantes ya que en muchos casos han permitido el desarrollo
de arreglos institucionales, es decir, el diseño de sistemas
de reglas y normas, que promueven la acción y la obtención
de beneficios de manera colectiva y que han actuado como “cubiertas
protectoras” para prácticas productivas sustentables
(Alcorn y Toledo, 1998).
Además de los arreglos institucionales de los productores
rurales, las instituciones gubernamentales imponen estructuras
normativas que regulan las decisiones que se toman en los territorios
de una nación. Los distintos niveles de la administración
gubernamental, los programas y proyectos que se implementan, así
como los criterios que tienen las autoridades de las áreas
agrícola, ganadera, forestal y pesquera, desempeñan
papeles importantes en la toma de decisiones. Otro sector relevante
en numerosos casos, es el de las organizaciones no-gubernamentales
(ONG) las que, en países en desarrollo, trabajan activamente
en la búsqueda de alternativas para el aprovechamiento
de los ecosistemas que logren el mantenimiento de los procesos
que sustentan los sistemas naturales, al mismo tiempo que mejoren
las condiciones de vida de las comunidades rurales. En América
Latina, muchas ONG han logrado promover un desarrollo social con
base en las capacidades y conocimientos locales sobre los recursos
naturales (Altieri y Masera, 1993) y en estos casos, constituyen
un actor social fundamental en el manejo de ecosistemas. Finalmente,
deben considerarse también como actores en la toma de decisiones
sobre los ecosistemas, a las instituciones de investigación
en las áreas agrícola, pecuaria, forestal y pesquera,
así como en las disciplinas relacionadas con lo ambiental.
Entre éstas, la ecología ha desempeñado un
papel crucial en la toma de decisiones sobre la conservación
de ecosistemas, principalmente en relación con el establecimiento
de áreas naturales protegidas. En otros aspectos, como
el del aprovechamiento de los bienes y servicios brindados por
los ecosistemas, su influencia ha sido menor, pero se espera que
en las prácticas de restauración adquiera y desempeñe un papel protagónico.
Además de reconocer la diversidad de actores involucrados
en los procesos de toma de decisiones sobre los ecosistemas, es
necesario entender que éstos, en la mayoría de los
casos, no comparten una misma idea sobre lo que debe hacerse en
un sitio determinado, ni tienen las mismas expectativas sobre
los resultados de una decisión. Asimismo, es común
que no compartan los mismos conocimientos, ni tampoco el mismo
poder de influencia sobre los demás actores. Los productores
rurales, por ejemplo, pocas veces conocen con detalle cómo
se construyen las políticas y programas gubernamentales,
y frecuentemente son excluidos de su diseño o de la obtención
de beneficios de los programas públicos. Muchas veces,
los conflictos en el manejo de los recursos naturales se deben
no sólo a problemas de índole material, sino también
cognitivo (Adams et al., 2003). Es decir, no es suficiente con
analizar solamente los intereses económicos de los actores
involucrados en un problema de manejo, sino que también
es fundamental examinar las distintas percepciones que los actores
tienen sobre los recursos, los sistemas que los proveen y las
prácticas para aprovecharlos. Hacer explícitas las
bases de las distintas posiciones adoptadas por los actores permite
mejorar la transparencia y la efectividad de las negociaciones
entre éstos. Conocer y dar a conocer, entre los actores
involucrados, las múltiples visiones que pueden existir
con respecto a las decisiones de manejo, constituye un paso importante
hacia la construcción de consensos que concilien los distintos
intereses, necesidades y expectativas de esos actores. Estos intercambios
y negociaciones, no obstante, son complejos y difíciles
de realizar y requieren, a su vez, del establecimiento de reglas
claras sobre los mismos procesos de negociación (Waltner-Toews
et al., 2003).
Para entender las interacciones entre los distintos actores que,
se sabe, tienen distintas necesidades y expectativas, y construyen
distintas explicaciones sobre los fenómenos, Long (1992,
1998) propone el análisis centrado en los actores, ya sean
éstos campesinos, empresarios, burócratas gubernamentales
o investigadores. El interés es entender los significados
que los actores dan a los fenómenos y dilucidar cómo
sus interpretaciones y estrategias se entrecruzan a través
de procesos de negociación. Se trata de comprender cómo
las distintas visiones del mundo de los actores interactúan
entre ellas y cómo los actores responden para lograr llevar
a cabo sus propios intereses (Long, 1999). Es necesario tomar
en cuenta que los actores no se comportan de igual manera en distintos
contextos sociales y que es necesario identificar las visiones
y comprensiones en relación con contextos espaciales y
temporales determinados. Desde el punto de vista del manejo de
ecosistemas, conocer las perspectivas de los actores, fundamentalmente
de los tomadores de decisiones como los productores rurales, se
vuelve en una tarea esencial si se quiere trabajar en la construcción
de visiones compartidas que consideren, además de la satisfacción
de necesidades y objetivos sociales, el mantenimiento a largo
plazo de los ecosistemas.
La
comunicación como instrumento en el manejo de ecosistemas
El
manejo de ecosistemas puede verse como un proceso de intervención,
es decir, la reorientación de un proceso social en una
dirección determinada, por parte de quien interviene (Röling,
1990), a través del cual se incorporan los principios desarrollados
por la ecología de ecosistemas en la toma de decisiones
sobre ordenamiento, aprovechamiento, conservación y restauración
de ecosistemas. El manejo de ecosistemas tiene un carácter
dual en el que se requieren intervenciones de tipo técnico
y comunicativo (Castillo, 2001). Las primeras son las actividades
prácticas o recomendaciones dirigidas a manipular los elementos
de los ecosistemas. Se incluyen en este concepto actividades tales
como el manejo forestal, el manejo de cuencas o de fauna silvestre,
en las cuales se trabaja con elementos como árboles, flujos
de agua o animales, respectivamente. Las intervenciones comunicativas,
por otro lado, son actividades concebidas para trabajar con la
gente y por medio de las personas. Esto es, son actividades que
requieren que la gente realice acciones como pueden ser la selección
cuidadosa de árboles aprovechables en un bosque, la construcción
de sistemas de riego de acuerdo con las características
de una cuenca o la protección de un bosque para la reproducción
de venados. La mayoría de las prácticas de manejo
requieren de trabajar en ambas cuestiones y frecuentemente solo
se consideran los aspectos técnicos. Es común que
los responsables de proyectos de manejo tanto en los ámbitos
de gobierno como no gubernamental, sean profesionales o técnicos
entrenados para las intervenciones técnicas (biólogos,
agrónomos, manejadores de fauna silvestre) pero con poco
conocimiento o experiencia para trabajar con las personas.
Trabajar con la gente y por medio de las personas requiere de
habilidades muy diferentes a las que se necesitan en las intervenciones
técnicas. Se requiere inicialmente ser capaz de entender
los contextos particulares de los grupos sociales, así
como capacidades para establecer diálogos a través
de los cuales se construyan conocimientos, valores y soluciones
a los problemas (Freire, 1973). En el contexto de países
en desarrollo, el trabajo por medio de las personas presenta además
características particulares debido a que se requiere trabajar,
en muchos casos, con grupos sociales marginados y de escasos recursos,
además de que, frecuentemente, estos grupos pueden pertenecer
a una cultura indígena. En estos casos, se trabaja con
grupos humanos con sistemas de conocimiento, percepciones de la
relación sociedad-naturaleza, cosmovisiones y lenguajes
particulares.
El extensionismo actual, derivado de los conocimientos provenientes
de la investigación y práctica del extensionismo
(Röling, 1990), puede ser considerada como la mejor contribución
al manejo de ecosistemas en términos del uso de intervenciones
comunicativas. A pesar de la mala reputación adquirida
en el pasado por los fracasos del extensionismo agrícola
en países como México, el extensionismo actual contribuye
con guías importantes no solo para el intercambio de conocimientos
y perspectivas entre diferentes actores sociales, sino también
para la diseminación y la utilización efectiva de
resultados de investigación. Con base en intensas investigaciones
sobre el papel del extensionista en países en desarrollo
(Chambers et al., 1993; Scoones y Thompson, 1994), actualmente
se le concibe en la línea propia del educador capaz de
comunicarse y de construir entendimientos con sus educandos (Van
den Ban 1996). El extensionismo es de naturaleza contradictoria
ya que se le ve como “un instrumento de intervención
deliberada que tiene como meta lograr los objetivos de quien interviene
pero tomando en cuenta que esto solo puede ser efectivo induciendo
cambios voluntarios en las personas a través de satisfacer
sus necesidades y expectativas” (Röling, 1990: 39).
El mantenimiento de ecosistemas sanos es un objetivo social que
provee beneficios a la humanidad desde las escalas locales a las
globales. No obstante, las personas cuyos sistemas de manejo deben
ser modificados, necesitan obtener beneficios directos de los
cambios inducidos. Los enfoques participativos, concebidos como
el involucramiento real y activo (Reyes, 1997) de los pobladores
rurales en la toma de decisiones que afectan sus vidas, forman
parte también de esta visión moderna del extensionismo.
Por lo tanto, la adecuada representación de las visiones
y perspectivas de estos actores debe considerarse como esencial
en el manejo de ecosistemas y requiere del establecimiento de
compromisos políticos de sectores con mayores niveles de
influencia y poder (Pretty y Pimbert, 1995). Sectores como las
autoridades gubernamentales y los propios científicos,
deben considerar la participación social como un elemento
fundamental que permite fortalecer los procesos de manejo sustentable
de los ecosistemas.
Un aspecto relevante del enfoque participativo es la aceptación
de que los conocimientos necesarios para la toma de decisiones
no provienen de una fuente única, ni solamente de métodos
científicos. La generación, obtención y control
del conocimiento la hacen diferentes personas dentro de una sociedad
(Scoones y Thompson, 1994) y su transmisión depende de
los contextos socioculturales y de las redes de personas y grupos
existentes. Es a través de las interacciones sociales que
se pueden construir tanto el conocimiento para la solución
de problemas como estrategias alternativas de acción. El
conocimiento científico, no obstante, desempeña
un papel fundamental en la atención de problemas, y por
lo tanto, las instituciones de investigación deben asumir
su papel como generadores de aportaciones relevantes que apoyen
la toma de decisiones sobre los ecosistemas.
Para la construcción de formas sustentables de manejo de
ecosistemas es necesario lograr el intercambio de ideas y conocimientos
de manera continua, interactiva y participativa y esto no es tarea
fácil. Un concepto que ayuda a entender los retos y dificultades
para lograr la cooperación y la posibilidad de influencia
entre sectores sociales, es el de mediación (Blauert y
Zadek, 1999). Este concepto surge de la preocupación por
entender cómo los sectores sociales políticamente
más débiles –pero con mayores responsabilidades
en el manejo de ecosistemas, como es el caso de los productores
rurales– pueden ejercer influencia en sectores más
poderosos como las autoridades gubernamentales. A través
de procesos de mediación se busca formar alianzas para
la influencia política, principalmente respecto de aquellas
acciones que afectan la vida, el sustento y el contexto ambiental
de los campesinos. A través de la construcción de
canales de comunicación entre los distintos actores, la
mediación pretende acercar diferentes visiones del mundo
y diferentes intereses, en el intento por establecer puentes que
faciliten la construcción colectiva de alternativas de
acción. La mediación no sólo considera hacer
uso de múltiples canales de comunicación (contactos
personales, establecimientos de redes y alianzas, uso de tecnologías
modernas de comunicación), sino reconocer como esencial
el desarrollo de prácticas de escucha y de aprendizaje
cotidianos para el entendimiento de las percepciones de los otros
involucrados, ya sean científicos, agencias de desarrollo
o campesinos (Blauert y Zadek, 1999).
Propuesta
de trabajo para la restauración ecológica
Como
una forma de integrar lo dicho anteriormente, se propone el modelo
de trabajo presentado en la figura 1, como una guía para
llevar a cabo proyectos de restauración ecológica
que consideren el diseño e implementación de intervenciones
tanto técnicas como comunicativas. La esencia de la propuesta
es tener procesos de comunicación continua –y en
dos sentidos– entre los integrantes de un equipo técnico
y los actores locales interesados en llevar a cabo la restauración.
Este establecimiento de diálogos se puede apoyar a través
de un equipo de comunicadores, educadores y promotores ambientales,
que ayuden en el trabajo con y por medio de las personas. Si no
es posible contar con un equipo de este tipo, al menos se debe
tener uno o dos facilitadores con conocimientos y experiencia
de trabajo con grupos humanos, que sean capaces de llevar a cabo
las actividades participativas y de mediación necesarias.
Para la intervención técnica, se plantea que una
de las primeras acciones a realizar es identificar el ecosistema
que servirá de referencia para guiar el proceso de restauración.
Se reconoce como el ecosistema de un sitio existente (lo más
similar posible al ecosistema original del sitio a restaurar)
y su descripción más detallada posible (SER, 2002).
Este punto dependerá, desde luego, de la disponibilidad
de información que se tenga y de la capacidad del equipo
técnico para utilizar información sobre sitios similares
en el proceso de construcción del ecosistema de referencia.
Se sugiere, idealmente, que el ecosistema de referencia se construya
a partir de la información de múltiples sitios vecinos
(que compartan condiciones ambientales semejantes al sitio que
se desea restaurar). Esta descripción es necesaria para
dar seguimiento a las acciones y para la obtención de resultados,
de acuerdo con las variables seleccionadas y en relación
con los atributos ecosistémicos a recuperar. Como una acción
paralela, se plantea conocer las perspectivas de los actores interesados
en el proyecto así como las de los posibles afectados.
Es decir, considerar también a otros actores que podrían
beneficiarse de la restauración o a actores que no estén
de acuerdo porque sientan que alguno de sus intereses se ven afectados
negativamente. Lo ideal para realizar este diagnóstico
es utilizar los enfoques y técnicas de la investigación
participativa, que permiten la construcción de conocimientos
sobre las realidades ecológica y social en una situación
determinada a través de la participación de los
actores locales (Reyes, en prensa; GEA, 1993).
Un siguiente paso es la formulación de los objetivos del
proyecto de restauración. Para esto se recomienda que se
haya establecido una comunicación, interactiva y continua,
entre los distintos actores y los equipos de trabajo. Es esencial
la utilización de enfoques participativos de trabajo a
través de los cuales se lleve a cabo el proyecto, considerando
lo que todos los involucrados tienen que aportar. Lograr la integración
de las múltiples perspectivas que pueden darse sobre lo
que debe hacerse, puede resultar una tarea difícil. Pero
no hay más alternativa que, como se mencionó anteriormente,
negociar para lograr consensos a través del establecimiento
de reglas que también deben negociarse (Waltner-Toews et
al., 2003). Aunque no en el área de la restauración
directamente, pero sí en relación con el manejo
de ecosistemas, existen ejemplos en nuestro país de casos
que han logrado trabajar dentro de un enfoque participativo. Uno
de éstos es el realizado por el grupo Proyecto Sierra de
Santa Martha, A.C. y el Instituto de Investigaciones Sociales
de la UNAM, en la Sierras de Los Tuxtlas y Santa Martha en Veracruz,
desde el año de 1990. Un aspecto esencial de esta experiencia
fue incorporar, en los trabajos que tenían como meta contribuir
a la conservación de las selvas remanentes y su aprovechamiento
sustentable, enfoques de investigación participativa que
les permitieran conocer las perspectivas de los actores locales
y cotejar y/o modificar los planteamientos hechos por el propio
proyecto (Paré y Velásquez, 1997; Lazos y Paré,
2000). Otro ejemplo es el de los trabajos llevados a cabo en la
Reserva de la Biosfera Sierra de Manantlán, en Jalisco,
donde a través de equipos de promotores comunitarios y
educadores ambientales y utilizando enfoques participativos, se
realizan proyectos productivos y de conservación, en los
que los actores locales trabajan de cerca con investigadores tanto
de las ciencias naturales como de disciplinas sociales (Graf et
al,. 1995; Castillo, 2000).
Una vez identificados los objetivos del proyecto de restauración,
la intervención técnica puede seguir los pasos principales
propuestos por Stanford y Pool (1996) para el manejo de ecosistemas,
y que consisten en desarrollar las estrategias a seguir, diseñar
las técnicas a utilizar e implementar las acciones que
lleven a la restauración. Dar seguimiento a estas acciones
constituye una tarea fundamental para evaluar los resultados de
las acciones emprendidas. El monitoreo constante permite, además,
corregir las acciones que no dieron los resultados esperados bajo
un enfoque de manejo adaptativo (Holling, 1978).
En lo que respecta a la intervención comunicativa, se recomienda
que los actores se involucren en las acciones concretas de restauración
y que esta situación se constituya en un espacio para el
aprendizaje colectivo. Dentro de una concepción de la educación
ambiental que involucra la reconstrucción de las redes
de relaciones entre personas, sociedad y ambiente (Sauvé,
1999), las intervenciones que promueven la conservación
de ecosistemas, el aprovechamiento sustentable de los bienes y
servicios ecosistémicos, así como aquéllas
que intentan la restauración ecológica, no pueden
dejar de constituirse en oportunidades para la construcción
y reconstrucción de relaciones más armónicas
entre las sociedades y la naturaleza. Un aspecto importante cuando
se trabaja en el ámbito de la educación ambiental
rural, como lo señala Reyes (2003), es que los agentes
externos, en este caso el equipo técnico, estimulen la
construcción de un lenguaje común que facilite el
desarrollo de las distintas acciones a realizar. Se deben promover,
además, procesos que permitan a los actores adquirir conocimientos
y habilidades útiles para el manejo a mediano y largo plazos
de los ecosistemas restaurados, a la vez que ofrezcan experiencia
que ayuden al fortalecimiento de las capacidades de autodeterminación
de los actores locales (Reyes, 1997). Finalmente, es necesario
tener en cuenta que la intención última de las intervenciones
sociales es el retiro de los agentes externos cuando se han cumplido
los objetivos planteados. Para el caso de proyectos de restauración
que se llevan a cabo en conjunto con actores locales tales como
productores rurales, es necesario identificar el momento en que
el ecosistema bajo restauración posee ya las capacidades
para su auto-regulación y puede seguir su curso evolutivo.
En relación con los actores, es necesario determinar cuándo
éstos ya se han apropiado del proyecto de restauración
y cuándo ya han adquirido las herramientas necesarias para
conducir un manejo del ecosistema que le permita su mantenimiento
a largo plazo. Dentro de estas capacidades es quizás importante
que los actores puedan ser capaces de buscar la información
y la asesoría técnica necesarias cuando se enfrenten
a situaciones difíciles de manejo, es decir que puedan
llevar a cabo estrategias de manejo adaptativo de ecosistemas.
Consideraciones
finales
El manejo de ecosistemas, y en particular la restauración,
deben entenderse como procesos de toma de decisiones que, a la
vez que permitan la satisfacción de las necesidades de
las sociedades humanas, sirven también al mantenimiento
de las funciones de los ecosistemas a largo plazo. Las intervenciones
de tipo técnico, consecuentemente, deben formularse con
base en el más sólido conocimiento ecológico.
La necesidad de considerar las perspectivas de los actores interesados
o afectados por los proyectos de restauración, se reconoce
también como una cuestión sustancial en este tipo
de proyectos. Llevar a cabo intervenciones comunicativas que faciliten
el trabajo con y por medio de las personas debe, utilizar los
más sólidos conocimientos generados en los campos
de la sociología rural, la comunicación, la educación
ambiental y el actual extensionismo, así como de las experiencias
de trabajo participativo llevadas a cabo exitosamente en distintos
sitios del país y de la región Latinoamericana.
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Figura
1. Intervenciones técnicas y comunicativas en
la restauración ecológica: una propuesta
Las flechas continuas indican la secuencia de la propuesta y las
líneas puntadas representan los procesos de retroalimentación
de información indispensables en un enfoque de manejo adaptativo.
Las líneas dobles indican la finalización de las
intervenciones aunque no necesariamente el retiro de la participación
de investigadores y técnicos.